Las rarezas de los viejos se manifiesta muy a menudo en la
falta de comunicación con sus propios vecinos de piso, o del bloque en el que viven. La gente no sabe si quiera quién vive en el cuarto o en el sexto, y las reuniones de comunidad se convierten en pequeñas tertulias para unos pocos interesados en que la cuota mensual no suba más de la cuenta.
Ciertamente, el gran mal de nuestro tiempo es la
soledad y la falta de comunicación, y ¡qué poco dinero cuesta eso! No hace falta mucha inversión, pero eso ya parece ser que es demasiado.
Si la comunicación estuviera en venta y diera dividendos a finales de año, el problema de la soledad de los
mayores estaría solucionado.
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