Proyecto cultural para
pequeños municipios. Articulación de una política cultural general.
La esta situación actual
y concreta de la cultura o, mejor dicho, del estado de la cultura en la Argentina resulta paradójica por lo imprescindible que se sabe que es para una sociedad y por lo descuidada que está, casi relegada y supeditada a factores “más urgentes”. Considero que los más afectados en este ámbito son los pequeños
municipios que por su poca población no tienen una gran actividad cultural ni tampoco la fomentan, provocando que las personas que poseen los medios para hacerlo se acerquen a otras ciudades vecinas pero las que no los tienen se queden sin poder acceder a lo que la cultura les ofrece. Un factor muy importante en los pequeños municipios es que sufren una emigración interna en su mayoría de jóvenes que finalizan la secundaria y se van para continuar estudios universitarios o terciarios y también a buscar trabajo, a núcleos de población más importantes.
Tampoco existe una seria preocupación del Intendente del Municipio por fomentar la cultura de manera constante y fructífera. Resulta preocupante ver cómo las medianas y grandes urbes en vez de funcionar como irradiadoras y propulsoras de cultura, absorben de una manera atroz lo que a los pequeños poblados más le hace falta: personas.
Es menester tomar verdadera consciencia y retornar, o por lo menos tratar de acercarse, al concepto de cultura popular entendida como el término griego, salvando las distancias por supuesto, de paideia -educación total de todos, por todos y para todos- y alejarnos de la que rige actualmente, una cultura de masas separando la alta cultura de la cultura popular, entendiéndose que la primera está dirigida al “hombre superior” y la segunda, a la masa inculta, bruta y analfabeta. Comprender que la cultura abarca mucho más que el arte, que es la base misma sobre la cual toda sociedad se construye a sí misma, es donde interactúan y convergen aspectos sociales, políticos, religiosos, étnicos, antropológicos; los cuales conviven en una armonía donde ninguno está por sobre otro, todos son influidos y se influyen en la misma intensidad y proporción.
Resulta común que la política, ejerciendo un rol autoimpuesto pero de ninguna manera legítimo, establezca que la cultura esté a su merced coartándola y limitando, a su vez, su campo de acción y libre desarrollo. Esto no es sano y las consecuencias crudas las estamos viendo y sufriendo hoy, pero vale aclarar, que no solamente el estado actual es por la deficiencia cultural sino que es la congruencia de muchos factores que se potencian lamentablemente de forma negativa. Tampoco es cuestión de separar ambos aspectos en pos de una pureza que se asemejaría a un delirio utópico ni tratar de mezclarlos buscando una hibridez equilibrada, porque este es el comienzo del vicio y del vicio se llega directamente a la negligencia y desinterés, que no es otro que el estado actual. Se trata de comprender que lo que mantiene unido a un pueblo es su cultura que se manifiesta a través de muchos canales, como ser, la política, economía, arte, hábitos, costumbres, etcétera.
Cuando hablamos de identidad cultural no se trata solamente de establecer como política cultural, por parte del municipio, llevar a
artistas ya consagrados, en su mayoría de las ciudades (donde más del 85% provienen de la Capital Federal) y pretender que esa es la cuota de cultura que un pueblo necesita y menos sostener que esa es la idea que se tiene de cultura. Esto no hace más (como si fuese poco) que ir en detrimento de los artistas locales y de la posibilidad de fortalecer el descubrimiento y posterior crecimiento de artistas jóvenes. Hay que entender que ésta es la única manera de proteger y atender a las necesidades, inconvenientes, preocupaciones, problemas particulares que posee la población, y que no puede llenarse con artistas -que de cierta manera funcionan como termómetros sociales- de otro lugar.
Por lo tanto, creo que es imprescindible establecer como objetivo cultural inmediato el de IDENTIDAD -en su sentido lato- como emblema, como escudo; y ésta se construye desde adentro y no desde afuera, porque de esta guisa lo único que se logra es postergar el enfrentamiento con el problema, dejándole espacio y tiempo para que siga creciendo y se torne cada vez más complejo.
Además de la falta de objetivos claros por parte de los representantes políticos de los pequeños municipios, el contexto tampoco ayuda a la defensa de los localismos ni de las regionalizaciones, y menos cuando la idiosincrasia y mentalidad como país está a caballo de una globalización hambrienta que los está haciendo desaparecer, los está enterrando, y junto con ellos a todos los que los habitamos. A pesar de todo, yo guardo la esperanza, quizás algo ingenua, de que todo este desinterés manifiesto, por parte de nuestros políticos, sea un acto, más que de malicia, de negligencia e ignorancia plena.