Sociedad líquida, mundo líquido, amor líquido, existencia líquida... En fin, líquido es el concepto inédito del que se vale
Zygmunt Bauman para dibujar un nuevo espacio de pensamiento que procure desentrañar la fragilidad de los vínculos humanos en estos tiempos que transitamos. A las relaciones de parentesco y pareja de antaño el autor opone los nuevos vínculos dados por conexiones (como celulares) y redes (entramados de caminos por los cuales deslizarse).
Preguntas, cuestionamientos, perplejidades propias de una época de cambios profundos en las relaciones humanas han dado lugar a un análisis crítico y audaz, valiéndose de la cita de numerosos pensadores actuales y clásicos y hasta de fragmentos de telenovelas, films y revistas, material que sirve para ilustrar y teorizar esta propuesta novedosa.
Según parece "El hombre sin atributos" de Robert Musil se ha convertido en "el hombre sin ataduras", un ser sin vínculos fijos o establecidos como solía ser la relación de parentesco en la época de Ulrich (el protagonista de la novela en cuestión). Pasa que en el transcurso se ha producido el pasaje de un mundo sólido a una etapa líquida, los habitantes de esta sociedad están sueltos y deben conectarse, aunque esa conexión en general no sea bien anudada para poder desatarla con rapidez cuando las condiciones cambien.
La soledad provoca inseguridad, aunque en el otro extremo las relaciones no parecen provocar algo diferente. De hecho, estar en una relación conlleva dolores de cabeza e incertidumbre. Y cuando la calidad nos defrauda buscamos la solución en la cantidad. En la era tecnológica, donde todo parece estar al alcance de nuestra mano, la proximidad virtual no es más que un distanciamiento virtual.
De las relaciones individuales se llega al análisis de las relaciones que resultan de la vida urbana. Las ciudades se han convertido en basureros de los problemas engendrados globalmente (no hay ejemplo más contundente que el derrivamiento de las Torres Gemelas en Estados Unidos con la consecuente muerte de miles de inocentes). La xenofobia y los refugiados son sólo dos caras de este mundo líquido global, donde escasea el amor al prójimo, justamente uno de los fundamentos de la vida civilizada y de la moral.
En síntesis, luego de muchos antagonismos y algunas coincidencias, el autor cae en la cuenta de que esto es lo que nos toca hoy, no aquellos principios que preconizara con optimismo el filósofo Kant más de doscientos años atrás. Tal vez lo mejor sea buscar la humanidad en común y las acciones que se desprendan de ello. Sin embargo, sobrevuela un halo de esperanza a pesar de la "liquidez" reinante.