Los argentinos y la culpa
Summary ratings: 3 stars
(xx voters)
Visitas:
11
palabras:
900
Publicado el: marzo 04, 2008
Los argentinos y la culpa
La culpa es un fenómeno espiritual de extraordinario poder e imprevisibles consecuencias. Genera graves disturbios emocionales y dificulta la satisfacción de los deseos y hasta de una vida más o menos feliz. En mi libro dedicado a la estructura, función, virtud y defectos, la he comparado con el hambre y con el dolor: como estos pueden llegar a matar. Pero también he señalado que la ausencia absoluta de culpa equivale al imperio de la canalla.
Aristóteles insistió en que la perfección no se desarrolla sobre los peligrosos bordes, sino en el justo medio.
En mi libro Elogio de la culpa, la inevitable conclusión termina por desfavorecerla: ante su crueldad y sus errores, la misma culpa reconoce que mejor entrega el cetro a su “hija” - más bella, razonable y eficiente- llamada responsabilidad. La responsabilidad frena los excesos y hace pensar en uno mismo y en el prójimo sin generar patologías.
La pregunta del millón, sin embargo, estriba en saber si, efectivamente, la responsabilidad es en efecto “hija” de la culpa. La culpa es un fenómeno en bruto, salvaje y demoledor, que ha necesitado la humanidad para organizarse y sobrevivir. La responsabilidad es el diamante pulido que luce cuando se ha llegado a una etapa superior.
La cultura de “zafar”
En nuestra turbulenta argentina, pareciera que esa etapa superior tarda en imponerse y predominar. Y tampoco muestra suficiente fuerza la etapa primitiva de la culpa. Impulsos maravillosos de recuperación democrática, conciencia cívica y esfuerzos solidarios vuelven a resbalar en ciénagas archiconocidas de corrupción, hipocresías y costosas “vivezas” sin que se pongan en marcha los frenos que a esta altura de la historia ya deberíamos tener.
Así como se decía que cada niño nace con un pan bajo el brazo – hoy suena a humor negro-, cada niño nace con un brote de culpa y responsabilidad en su alma. Pero tanto el pan como los fenómenos psíquicos necesitan del cultivo.
En la Argentina, desde los tiempos coloniales, la culpa y la responsabilidad fueron objeto de una nutrición ambivalente: por un lado se las esgrimía con fuego sagrado desde púlpitos y tribunales, por el otro se las sometía a bestiales violaciones. Entonces crecieron torcidas. El doble discurso es apenas un botón de muestra sobre la deformación. Nos acostumbramos a que burlarse de la ley no tenga consecuencias gravosas. Por lo tanto, decir y desdecirse, robar mentir y “currar”, lejos, de ser considerados defectos, son elevados a la jerarquía de cualidades festejables. “Zafar” es un recurso que se aprende desde chiquito, desde la escuela. Y algunos llegan a convertirse en grandes expertos. No se tiene culpa por cometer una infracción, sino por haberse dejado descubrir.
En nuestra sufrida Argentina no se castiga al delincuente sino a quien lo denuncia.
Otra pregunta del millón sería cuánto mejor nos iría si, en vez de gastar nuestras habilidades en hacer cosas torcidas, las hiciéramos derechas. Si en vez de aprender a “zafar” aprendiéramos a cumplir. Y aprendiéramos a sentir placer por haber cumplido.
No basta decir, indicar, sermonear, es preciso ser.
En la Argentina está ocurriendo a la inversa. Mientras se siguen predicando las virtudes, se practica lo contrario. La mayoría oye, pero ya no escucha. No escucha porque lo que se dice resulta falso y hasta grotesco.
Sirve como ejemplo de lo que expongo la circense inflación del conjunto que la sabiduría popular ha bautizado con el nombre de “ricos y famosos”. No sólo ocupan espacios en los medios, sino en la escala de los valores nacionales.
No se trata de gente famosa que no sea rica ni de alguien rico que no se deleite con la fama: mantienen ligado los dos componentes. El “rico y famoso” está asociado a la farándula, el poder y trasgresión. Se maneja con un código exclusivo y privilegiado. Genera admiración y envidia.
Son un incuestionable modelo para centenares de millares. Mucho más modelo que un riguroso científico, un abnegado docente, un comerciante serio, un funcionario probo, un profesional con vocación, un técnico ingenioso.
Ante el peso que tienen los “ricos y famosos” sobre el imaginario colectivo, formulo la tercera pregunta del millón: ¿sienten culpa? Me atrevo a formular tan incomoda pregunta porque, si bien hay excepciones, la mayoría de “ricos y famosos” no podrían lucirse al tener que explicar cómo se hicieron ricos y de qué son famosos.
Hay que cambiar
Pero he aquí lo más decepcionante: ocurre que esa pregunta, aunque se formule, no opera. La culpa y la responsabilidad no tienen suficiente vigor. Ambas se han desorientado, están algo perdidos en el laberinto de “vivezas”, “curros” y “zafadas” que hemos sabido conseguir. Habría que devolver la plena majestad de la ley, castigar duramente la mentira y frustrar la “viveza”.
Ello no nos haría más severos, sino más equilibrados y previsibles.
Como cierre de esta reflexión sobre la culpa de los argentinos, no me resisto a invocar un poema de Eduardo Galeano. Dice:
Los funcionarios no funcionan.
Los políticos hablan, pero no dicen.
Los votantes votan, pero no eligen.
Los medios de información desinforman.
Los centros de enseñanza enseñan, a ignorar.
Los jueces condenan a las víctimas.
Los policías no combaten los crímenes, porque están ocupados en cometerlos.
Las bancarrotas se socializan, las ganancias se privatizan.
Es más libre el dinero que la gente.
La gente está al servicio de las cosas.
Escriba su sinopsis aquí.