PEOR QUE MORIR: CADENA PERPETUA
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Publicado el: enero 08, 2008
El asesino Michael Ross ha expresado una vez más su deseo de morir. A este homicida, capaz de matar con absoluta frialdad, le está resultando muy complicado conseguir se le aplique la sentencia a muerte.
Se trata de un vendedor de seguros de Connecticut, que eliminó a ocho jóvenes mujeres hace una generación. Se encuentra languediciendo desde 1987 en el pabellón de condenados a muerte. Una y otra vez ha vuelto a implorar que el Estado lleve a cabo su ejecución. Pero en una región en la que el último ajusticiamiento se llevó a cabo hace 45 años, los ruegos de Ross caen en oídos sordos.
Una sentencia a muerte parecería ser lo más compatible del mundo con un asesino ansioso de morir. Con tantos condenados a muerte, dispersos por todo USA, que llevan un promedio de 10 años vadeando a través de engorrosas apelaciones, tanto el Estado como el convicto tienden a perder la paciencia. Desde que la Corte Suprema reincorporó la pena de muerte en 1976, casi el 12% de todas las ejecuciones (en USA) recayeron sobre los llamados voluntarios, o sea asesinos que después de declararse culpables piden ser ejecutados, aunque frecuentemente también se limitan a pasar por alto su derecho a apelar la sentencia. Conforme en todo USA los pabellones de condenados a muerte se siguen atiborrando de criminales cansados de vivir, su presencia sin embargo pone en duda si todo el sistema de justicia conservará la imparcialidad ante los clamores de tantos condenados que exigen ser eliminados lo antes posible.
A pesar del ambiente cada vez más inconforme con la pena de muerte --la legislatura de Nueva York se mantiene firme a favor de la misma, a pesar de que la Corte Suprema falló en contra de la ejecución de juveniles—los voluntarios son un clavo en el zapato, tanto para quienes están a favor como para los opositores a la pena de muerte. Quienes están a favor de la pena máxima, escucharon con preocupación cómo la Corte Suprema argumentaba que para algunos criminales la muerte no constituiría el peor castigo, dado que el establishment judicial se siente más tranquilo al ejecutar a aquellos convictos cuyos recursos para apelar a su sentencia fueron agotados legalmente, de manera que el Estado no será percibido como vengativo. De su parte, quienes se oponen a la pena de muerte consideran que los voluntarios en realidad son víctimas del sistema y que se encuentran tan afectados, sea por la vida o por la muerte, que ni siquiera están en capacidad de entender la graved de lo que están pidiendo. Hasta se han dado casos en los cuales los voluntarios han conseguido que se reintroduzcan ejecuciones en regiones de USA en las que desde hace mucho tiempo se encontraba extinguida la voluntad de llevarlas a cabo.
Antes de que Ross, con su espejuelos y apariencia benigna, hiciera sentir su voz como voluntario, era un asesino silencioso, que solía dedicarse a acechar a sus presas en los caminos secundarios en torno a la zona llamada "La Esquina Tranquila". Primero impelía a sus víctimas a ingresar a algún bosque, luego las violaba y terminaba estrangulándolas. Cuando hace más de veinte años fue a parar al pabellón de los condenados a muerte, este culto egresado de Cornell se dedicó a escribir prolíficamente. Sus artículos describiendo sus creencias más íntimas junto con meditaciones piadosas, como "Mi Tiempo de Morir Ha Llegado" y "Mi Viaje Hacia la Luz," han aparecido en publicaciones de prestigio, como el National Catholic Reporter y Might Magazine.
Las cartas de Ross revelan la gran turbulencia que agita su alma –ora suicida, ora manipulador, hastiado del mundo, pero sin perder jamás la esperanza de ser comprendido y apreciado. Esas actitudes, según un psiquiatra forense, son frecuentes entre los voluntarios. Los asesinos son capaces de mostrarse sorprendentemente sensibles a la crítica, de manera que, al ofrecerse por propia iniciativa a ser ejecutados, esperan cubrirse con un sólido escudo contra los reproches expresados por la sociedad; a no ser que además se trate de manifestaciones del remordimiento que tribula sus conciencias.
Los defensores públicos advirtieron a Ross que le esperarían cinco o diez años adicionales de apelaciones y que por su inestabilidad mental su sentencia a muerte podría llegar a ser conmutada a cadena perpetua, sin derecho a libertad condicional. Pero Ross, llorando ante las escasas respuestas a sus más de 200 cartas de despedida enviadas a amigos y simpatizantes, considera que la prespectiva de una nueva adiencia, con esas fotos de crónica roja, los implacables fiscales y los vengativos familiares, le parece un castigo peor que la muerte. "¿Te imaginas lo que significa ser juzgado indefinidamente por la peor de todas tus acciones?" escribió en una carta dirigida en 1998 a un periodista, "es como vivir en el mismo infierno."