CONSIDERACIONES ACERCA DE LA VEJEZ
LA VERTICAL SUBJETIVA DIJE YO A LOS 90 AÑOS
Encarno un buen ejemplo de insenescencia. Por mi porte y talante, no soy un anciano, pero por mis años sí. Anciano, pues, es una persona de abundantes años, sin determinar cuantos.
Ahora bien, calificándosele
AL poseedor de senil o selecto, ipso facto se interpreta que tiene más de 60. Hay un motivo para ello, pues se supone que está próximo o haya superado la maldición
del ´63 el “año climatérico" de los romanos.
CON todo, apenas alcanzado los 90 años de edad, noto el ámbito espiritual que habito cenitalmente iluminado. Estoy seguro de él. Gozo su aire y su aura impolutos. Pero algo comienza a mermar…He vivido siempre dentro y fuera de mí, con despejo y con aplomo. Ya no me imagino invulnerable al tiempo. Sutiles presiones desgastan el temple juvenil y el tono de la madurez que me acompañaron hasta hace poco… Ya no infunden como antes, en el ritmo de la sangre y la tensión de los músculos, aquellos atributos de la salud total.
Mi paso no es el de otrora. Ya no piso como antes… Algo falla. Algo cunde en mi paso. Algo está destemplando el vigor de mi talón de acero, de mis pantorrillas y muslos tirantes. Percibo que una sorda debilidad invade mis piernas. ¡A mis
piernas el admirable compás con que media la extensión del mundo! Y a veces trepidan…
Todo disminuye. Casi un metro de mi tranco ya no es más. El
andar es otro. Ya no me acompaña la
allure de entonces: más que marcha es un andar levitado… ¡Cómo perseguir el tiempo que huye! ¿Tambaleando?
Tengo la impresión de que me estoy curvando. Hacia la tierra por cierto, hacia el polvo póstumo… Y me duele; porque siempre aspiré a la gloria minúscula de ser un Coloso de Rodas diminuto, bien plantado entre dos bloques de almanaque…Caminando ahora extraño la franqueza de mis pasos y la elasticidad de mi cintura. Una pesadumbre de cansancio anega mi ánimo ¿Adónde se ha ido aquella misteriosa
vertical subjetiva que patrocinaba la rectitud de mi cuerpo?
Sobrepasado el mojón de los 90 años, verifico que me está fallando el equilibrio. ¡La suprema virtud del equilibrio! Triste y real es la información de mis sentidos y hasta la confidencia de mi oído interno. Pero aún me acomete la certeza razonada de inminentes descalabros. ¿Cómo vencer el desquicio? ¿Cómo restaurar el don que me armonizaba al orden a la mesura y a la serenidad? ¿Con bastón, muletas y otros adminículos? Por los dioses, no, no: del uso de esos implementos –
imbechillis- proviene la palabra imbécil… Prefiero alimentarme con la nostalgia de haber sido un álamo que anda, un gajo itinerante en la selva
selvaggia de la vida de relación. Y dejar nomás que un otoño profundo decolore el ramaje que descuajará el invierno.
Ay, comúnmente, el anciano es un ser ridículo, claudicante y tembleque. Salvo algunas prerrogativas referenciales de los hados, cuando el viejo es pulido y cortés, la última edad del ser humano la integran babosos, idiosos y cochambrosos.
Conforme a serios dictámenes de la gerontología, y de conclusiones de institutos demográficos, las promociones humanas que sobrevendrán serán cada vez más vetustas. Por ende, los vejestorios constituirán una plaga de matusalenes difícil de extirpar; pues los progresos del confort no permiten liquidarlos siguiendo el refrán castizo: “Si mudas el aire, el viejo dejará el pellejo…”
Por lo cual, habrá que lamentar no haber nacido esquimal. En efecto para facilitarles allí cobijo a las nuevas promociones, se desaloja de los igloos a los ancianos. Se los coloca en plena tundra, y las espátulas del frío los convierten en estatuas de hielo.
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