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Síntesis y críticas breves

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El proceso psicoanalítico. Buenos Aires: Hormé, 1968.

por : PabloCazau    

Autor : Meltzer D
El ‘hacer’ de la tarea analítica y el ‘hablar’ acerca de la misma son dos funciones muy diferentes pero complementarias,
es decir, no deben disociarse.
El psicoanalista emplea su equipo técnico en la sesión, y su equipo intelectual en el descanso. Provisto de su equipo técnico e intelectual, debe ocuparse de que él y su paciente se comuniquen verbalmente acerca de los aspectos infantiles del paciente y la reacción frente a éstos por parte del analista (transferencia y contratransferencia). Esta comunicación es la actividad interpretativa del analista, que luego generará el insight del paciente.
Para todo ello debe crearse un encuadre donde los procesos transferenciales puedan encontrar expresión, un encuadre que permite modular la ansiedad (para luego modificarla mediante la técnica interpretativa), y reducir al máximo las interferencias. El encuadre debe procurar que la transferencia no sirva sólo para la contratransferencia, sino para la búsqueda de una verdad (labor analítica).
El encuadre incluye también una alianza con la ‘parte adulta’ del paciente, para que coopere. El fin del análisis no es la curación, ni su motivo la enfermedad, sino la capacidad para el autoanálisis que el paciente deberá ir adquiriendo en el proceso analítico. Al no considerar la curación de una enfermedad como objetivo, cambian los criterios de diagnóstico, pronóstico y evaluación del progreso en el análisis. El encuadre, si bien es formal, es una creación del analista que deberá adaptar a cada paciente.
Meltzer, de orientación kleiniana, se ocupó por igual del análisis de niños y adultos. En la primera parte expone algunos conceptos básicos del proceso psicoanalítico, y en la segunda muestra analogías y diferencias entre el análisis de niños y el de adultos.
En la primera parte indica que el proceso psicoanalítico tiene una historia natural propia, determinada por la estructura del aparato mental a niveles inconcientes profundos. Si el analista tiene el control de este proceso mediante la creación de un encuadre adecuado y una intervención interpretativa lo suficientemente correcta y oportuna como para modificar las ansiedades más intensas y facilitar la elaboración, se podrá observar la aparición de una secuencia en dos fases: la recolección de la transferencia y el ordenamiento de la confusiones geográficas.
Los procesos transferenciales iniciales crean una especie de dependencia del analista y consecuentemente dolor por la separación momentánea del mismo (por ejemplo, en los fines de semana). Para paliar dicho dolor el niño recurre a una identificación proyectiva masiva: surge así una confusión geográfica, no sólo entre el adentro y el afuera de un objeto, sino también entre la realidad externa y la realidad psíquica. El modo de salir de esta confusión es el establecimiento del ‘pecho-inodoro’, un objeto necesitado (para descargar el dolor) pero no amado. Sólo con el establecimiento del pecho inodoro como objeto de la realidad psíquica (establecido por haberlo experimentado en la transferencia), es posible el abandono de la identificación proyectiva masiva, dado que éste último mecanismo tiene por objeto escapar a una identificación infantil intolerable. Una vez que esta identidad separada se ha hecho tolerable gracias al objeto inodoro, recién entonces se puede pasar a la siguiente fase: el ordenamiento de las confusiones zonales.
La relación proyectiva ‘pecho-inodoro’ formaba el trasfondo de la dependencia analítica, y todos los excesos de desasosiego psíquico, fuere persecutorio, depresivo o confusional, eran expelidos hacia el inodoro llamado analista, si se nos permite esta expresión. Pero aquí surge una nueva situación: la relación transferencial resulta inundada por una excitación en la cual se confunden zonas y modos, es decir, zonas erógenas y modos de satisfacerlas. Estas zonas deben entonces ordenarse: el aspecto introyectivo de la dependencia infantil es progresivamente mantenido en una posición escindida fuera de la situación analítica, a medida que la relación introyectiva oral con el pecho se diferencia con mayor claridad de las otras zonas y modos de la transferencia infantil; la identificación proyectiva funciona ahora en forma menos masiva, en relación con zonas selectivas, para borrar la diferenciación entre adultez e infancia. De este modo ya no sirve para obviar las experiencias de desamparo infantil, sino que es usada para erradicar las barreras contra las anheladas gratificaciones en los conflictos edípicos genital y pregenital.
Los procesos de esta tercera fase, la erotización, la intolerancia a la separación, los celos posesivos y sus concomitantes confusiones acerca de las relaciones objetales, permiten pasar a la cuarta fase, llamada umbral de la posición depresiva, o sea permiten un acercamiento al pecho como objeto de dependencia introyectiva infantil. Si antes se había establecido fácilmente la relación proyectiva con la madre (pecho-inodoro), ahora debe establecerse la relación introyectiva (pecho-nutricio), o sea cuando la relación alimentaria con el pecho en el nivel infantil empieza a ser reconocida en la experiencia transferencial. Esto implica que surja un temor o una preocupación depresiva infantil, que interactúa con un temor a una finalización prematura del análisis (proceso de destete), proceso que es la quinta fase del proceso psicoanalítico.
Esta historia natural del proceso analítico presidido por el analista no puede ser usado en el consultorio, sino solamente como una ayuda para la orientación del manejo de la contratransferencia y para las comunicaciones a los colegas.
Publicado el: julio 07, 2006
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