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Los ascetas

Reseña del Artículo   por:juanrobert     Autor : Juan Marguch
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Los ascetas
Juan Marguch

El fenómeno que se dio en llamar "vivir el Evangelio en todo su radicalismo" inspiró casos extremos de ascetismo. El cuerpo no sólo fue visto como cárcel del alma, sino como camino de salvación. Una salvación que debía conseguir al precio de someter a la carne a un incesante y duro martirio para dominar de raíz sus tentaciones, rescatar al alma de la noche del mundo y llevarla a la iluminación extásica, a la contemplación del Creador. El rigor ascético se dio en movimientos religiosos de la India y Pakistán y en Medio Oriente. En Occidente se expandió con la difusión del cristianismo y alcanzó su mayor intensidad con los "flagelantes" de la Edad Media. Por cierto, en algunos núcleos de fieles no faltaron creyentes que en Semana Santa se ofrecieran voluntariamente para personificar el drama de la Crucifixión.

De todas las formas de ascesis mesoorientales, ninguna causa mayor admiración que el estilitismo, que tuvo su mayor intensidad en Siria y cuyo máximo exponente fue San Simeón. Inmersos en un intenso fervor místico, los estilitistas trepaban a columnas de 15 ó 20 metros de altura y permanecían allí décadas enteras dedicados a la meditación, la oración, el sermón o el silencio y el ayuno.

San Simeón fue el primer hombre que trepó a una columna de 25 metros de altura para glorificar a Dios por su Hijo y por su obra. Hasta que tomó esa decisión, vivió recluido en un convento, cuyos superiores le conminaron a que lo abandonara, porque no consideraban testimonio de fe el rigor extremo que infería a su cuerpo. Simeón se internó en el desierto, se estableció en el fondo de un pozo seco y luego en la cumbre de una montaña, donde se hizo encadenar a un muro, hasta que el obispo Meleco lo convenció de que las cadenas no eran necesarias: bastaba con la voluntad. Volvió al desierto y en las ruinas de un palacio encontró la columna en cuya plataforma de cuatro metros cuadrados se instaló. Pasaba allí 40 días sin tomar alimento ni agua, 40 días de soles abrasadores. Su fama se extendió por todo el Imperio Romano, y desde remotas regiones acudían a Siria para presenciar el prodigio; el resto del tiempo lo dedicaba a oraciones, dormía sentado y solía pasar días enteros parados sobre un solo pie, y rezaba horas y horas con los brazos elevados al cielo en actitud de adoración. Una pierna se le pudrió completamente. El desierto de Siria floreció de estilitistas, pero fue un fenómeno fugaz. Según Jacques Lacarriére (en Los hombres ebrios de Dios), los ascetas de las columnas fueron reemplazados por los dendristas, que vivían en oración en las ramas de los árboles.

En Occidente, el arquetipo de la genuina ascesis fue, ciertamente, San Francisco de Asís, de quien bien se ha dicho que fue el único ser humano en quien se hubiese podido producir la reencarnación de Cristo. De hecho, miles de sus contemporáneos así lo reconocieron y proclamaron. De su orden surgió naturalmente quien tal vez lo superó en la radicalidad del Evangelio: San Pedro de Alcántara (1499-1562). Desde su adolescencia (a los 16 años fugó de su hogar para seguir a unos frailes franciscanos) y hasta el final de su existencia, extensa para las expectativas de vida de su tiempo, sometió a la cárcel de su alma a penurias que suscitan asombro y espanto. Se definió como "un hombre totalmente muerto para el mundo", y no fue un exceso retórico, sino la síntesis de su paso por la Tierra.

Durante más de 40 años, señala el fraile franciscano Pedro de Alcántara Martínez, "sólo durmió una hora y media por día: lo hacía sentado en el suelo, acurrucado en su pequeña celda, donde no cabía ni estirado ni de pie, apoyada su cabeza en un madero". En los duros inviernos de la meseta castellana, el intenso frío no le permitía dormir siquiera esos 90 minutos diarios, entonces abría la puerta y la ventana de su celda para que ingresara el aire helado y aumentase sus padecimientos. Comía arrodillado una vez cada tres días. Si el cansancio lo vencía, apoyaba su cabeza en un clavo hundido en la pared y en unos minutos se reponía. Su cuerpo era piel y huesos. Y durante muchos años llevaba debajo de su sayal un cilicio de metal, con las puntas vueltas hacia su carne, que se clavaban y le producían úlceras sangrantes que se tornaron imposibles de curar. Por si no fuese suficiente, se azotaba dos veces por días, se sumergía en estanques helados o se revolcaba entre las zarzas espinosas. Su cabeza, quemada por el sol y el hielo, estaba cubierta de ampollas y heridas que se producía al caminar con los ojos cerrados; sus convecinos se apiadaban de él al verlo andar con los ojos cerrados y con la cabeza sangrante por las heridas que se abrían al golpear contra ventanales abiertos.

Tuvo amistad con otros santos que surgieron luego de la victoria de los Reyes Católicos sobre los musulmanes, como san Francisco de Borja y Santa Teresa de Jesús, con quien colaboró en la reforma de la Orden de las Carmelitas. Pedro de Alcántara murió el 18 de octubre de 1562, arrodillado, rezando.

Publicado el: 18 mayo, 2009   
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