LA TRAJEDIA EDUCATIVA
La educación es una de las cuestiones que más parecen preocupar
a la
sociedad contemporánea.
También en la Argentina la educación aparenta ser una prioridad, si se considera el discurso público de los dirigentes.
Según afirma Guillermo Jaim Etcheverry, “la acción concreta de la sociedad argentina no parece estar guiada por esas ideas. Es más – subraya- vivimos rodeados de señales que demuestran de manera inequívoca que la nuestra es una sociedad contra el conocimiento”
De hecho, el fracaso escolar de nuestros niños y jóvenes no es el fracaso del sistema educativo ni de la institución escolar: es, ante todo, el fracaso de un modelo cultural y de un sistema de valores que, si bien ensalzan las virtudes de la educación y del conocimiento, erigen como ejemplos de vida y de conducta justamente los modelos opuestos.
¿Hay una dirigencia para el largo plazo? En momentos de crisis, resulta decisiva la visión que de un país tiene su clase dirigente. Lester Throw – profesor de la Sloan Business School del Massachussets Institute of Technology en los EE.UU.- hace un lúcido análisis de esta cuestión. Sostiene que a menudo se afirma que Japón tiene un
establishment (sociedad establecida) y América Latina tiene una oligarquía.
Sin embargo, existe una diferencia esencial. Un establishment actúa demostrando que tiene confianza en el hecho de que, si el sistema funciona y si su país es exitoso en el largo plazo, a sus integrantes también les irá bien en lo personal.
En cambio, una oligarquía está formada por un grupo de individuos inseguros, que acumulan fortunas en su cuenta bancarias secretas.
Para salir de la crisis nuestra dirigencia debería comportarse como establishment, es decir, volver a preocuparse por el porvenir del país concebido como un conjunto de personas, como una comunidad de intereses.
La banalización de la vida En el fondo, la gente siempre ha ansiado llegar a formar parte de lo que su sociedad valora como lo más importante. De ahí los modelos sociales. En nuestra época lo realmente valioso es, sin duda, el espectáculo que se alimenta con lo que confusamente se percibe como “la actualidad”.
En eso consiste hoy el estrellato, máximo objetivo al que se llega vertiginosamente, en general, como resultado del esfuerzo de robar, mentir o drogarse.Tratan de evitar la cárcel, lo que, en general, logran sin demasiado esfuerzo. Saben que si sus vidas se alejaran de la condición de marginalidad, si la gente pensara que son honrados trabajadores, dejarían de atraer su atención en el acto. Perderían todo encanto.
La trivialidad como modelo Ante este espectáculo en continuado, ¿qué pueden enseñar los padres a los hijos, los maestros a sus alumnos? ¿Alguien puede hablar de honradez o de seguridad cuando se ha vuelto habitual que los jueces sean acusados de fraguar pruebas o los policías de delinquir si qué suceda nada? ¿Cómo respetar a quienes representan las instituciones cuando se les advierte cercanos al escándalo? ¿Cómo se puede enseñar ha hablar, es decir a pensar, a nuestros chicos, cuando escuchan permanentemente un incoherente léxico balbuceado cuyo escaso y grotesco vocabulario ha dejado de escandalizar porque constituye el espejo de las almas groseras? ¿Qué argumentos ayudarán a un padre o a una madre a explicarle a su hijo que su vida depende del esfuerzo y del trabajo, o de su hija adolescente que es conveniente que alguna noche duerma en casa?
Al vivir en el marco de una cultura televisiva, que enseña que todo es descartable, que sólo sirve para el momento, los chicos asimila