Hacer visibles buenas prácticas.
Mientras el debate pedagógico nos alcanza
Este libro está dividido en cinco
capítulos que a continuación se narran: Bonifacio Barba habla de cómo una comunidad reunió esfuerzos para que escuelas secundarias pudieran contar con un criadero de borregos con el deseo de preparar a los jóvenes para situaciones laborales reales.
Es importante destacar que en estas comunidades existe un alto índice de migración hacia los Estados Unidos. Por este motivo, todo lo que pueda hacerse dentro de la comunidad para que esta situación si no cese, al menos no aumente, es de gran utilidad.
La experiencia de Tatu’utsí Maxakwaxi que nos presenta Mario Rueda, trata de una secundaria inmersa en una comunidad indígena, en el municipio de Mezquitic en Jalisco. La intención de que se enseñe la lengua wixárika es que los niños estaban olvidando sus raíces. En efecto: aprendían español y podían salir de su comunidad, pero también perdían identidad. Asimismo, estos jóvenes reciben instrucción sobre derechos indígenas y derechos humanos, en general.
Otro rasgo que llama la atención es que los alumnos que residen a varias horas de caminata regresan a sus casas los fines de semana, mientras que los que pertenecen a lugares más alejados de la escuela son recibidos en las casas de familias locales durante todo el año escolar.
Cabe destacar que, con el “pretexto” de desarrollar habilidades y competencias en el idioma español, se han creado las asambleas de alumnos, en donde los jóvenes ponen en la mesa problemas, toman decisiones, dialogan de manera colectiva y participan en público. Es claro que la democracia es un valor inherente a esta sociedad.
A continuación, tenemos la experiencia de Mercedes de Agüero en la comunidad de San Bartolomé Zoogocho en Oaxaca. En esta investigación hay dos circunstancias que llamaron mi atención: la primera, el hecho de que sea un
internado en donde niños y niñas conviven día a día, aprenden diversos oficios en los talleres, participan en la preparación de los alimentos; y la segunda, el hecho de que muchas de las actividades de la comunidad en donde está inmerso este internado giren alrededor de eventos en los que las bandas de música son protagonistas.
Uno es capaz de ver la belleza de la naturaleza que encierra la comunidad de Zoogocho, se percibe el olor a tortillas calentitas, recién preparadas, el sonido de los instrumentos musicales acompaña la diversidad de etnias indígenas que viven en el internado. Así, la música se convierte en el idioma común para todos estos pequeños. Se respira la colaboración y armonía entre todos los integrantes de esta comunidad.
Los niños no sólo estudian la primaria, viven en un internado y aprenden un oficio, sino que se sensibilizan frente a las artes y se fortalecen con los deportes. No sólo son capaces de tocar un instrumento, sino que aprenden a leer y crear música. En una sociedad en donde las bandas de música tienen gran importancia histórica, es de llamar la atención que esta comunidad, en pleno siglo XXI, aún conserve esta tradición cultural.
Así, Mercedes también nos relata sus
experiencias frente a eventos deportivos y culturales en donde varias comunidades compiten entre sí y comparten no sólo sus riquezas y tradiciones culturales, sino su tiempo, sus alimentos, su mesa, el cariño por su gente.
El éxito de las bandas de música ha cruzado las fronteras de Zoogocho y aun las de Oaxaca. Hoy día, jóvenes de diversas partes del país desean integrarse a este internado para estudiar música. Otro aspecto relevante es que no sólo los niños aprenden a tocar un instrumento, sino que muchos se convierten en instructores y, por tanto, multiplicadores de la sabiduría.
El cuarto proyecto fue el de Alma Carrasco. En esta investigación podemos ver cómo distintos niveles educativos ubicados en una amplia zona rural de la sierra Norte de Puebla se han visto beneficiados. Esta experiencia está llena de trabajo en equipo. La solidaridad y compromiso de estudiantes y profesores es palpable al momento de ver que muchos alumnos, al terminar sus estudios, permanecen en la zona “multiplicando” sus saberes y experiencias. A fin de extender sus conocimientos, se han dado a la tarea de sistematizar sus experiencias educativas y de esta forma han incluido en el currículo necesidades específicas de la zona.
Asimismo, están comprometidos en un proyecto editorial que concentra propuestas, sugerencias didácticas y materiales de lectura. La investigación es preocupación constante de los involucrados en el proyecto.
Por otra parte, es claro que se vive un trabajo permanente en el tema de equidad de género; cada día más mujeres se incorporan al proyecto.
Como último capítulo, tenemos la participación de María Bertely, quien nos comparte las experiencias de diversas escuelas involucradas en el proyecto de Casa de la Ciencia, en Chiapas.
Esta institución trabaja de manera constante en talleres de capacitación de profesores en donde éstos han tenido la oportunidad de abrir sus corazones, de conocerse más, de ofrecer ayuda y porqué no, también de pedirla. El hecho de que los profesores se conozcan mejor ha redundado en su capacidad para llevar a cabo trabajo colegiado, que antes no existía.
Estos cinco proyectos manifiestan el amor por la educación, el compromiso de cada participante por su comunidad. Estos proyectos me devuelven la fe en que cada mexicano cuenta, ya que cada uno es un individuo y de que nuestros niños pueden dejar de ser cifras sin rostro, sin vida.