La obra (publicada en 1979) se refiere básicamente al caso de México y está compuesta por tres partes. Una teórica que examina hacia dónde conduce la extrapolación directa o lineal, según el autor, del progreso del
mundo hoy industrializado. La segunda es un repaso de las experiencias históricas y de las opciones, no siempre apropiadas. que se fueron adoptando y que con frecuencia constituyeron imitaciones extra lógicas de esquemas ajenos de progreso social, eficaces en otras latitudes pero inadaptables a nuestra estructura y características culturales.
Termina sugiriendo un modelo que emane de una raíz cultural propia, de la experiencia histórica que la ha conformado, para enriquecer nuestra condición actual y futura e integrar un patrón de
desarrollo propio, adaptado a nuestra peculiar identidad. Una forma de plantearse la interrogante ¿seremos al fin capaces de pensar por nuestra cuenta?
Para ello el autor hace uso de la
cultura occidental, y transita un largo camino conceptual donde nos muestra su familiaridad con Hegel e ilustra cómo en el pensador de Tubinga la relación sociopolítica esencial es la dialéctica del amo y el esclavo. La relación entre ambos determina también el mundo social que prevalece en nuestros días: la relación entre países desarrollados y subdesarrollados, apunta, es la misma que hay entre amos y esclavos.
La vinculación entre Hegel y
Marx es uno de los aspectos más interesantes de este ensayo. Destaca el hegelianismo de Marx y el grado en que el marxismo es heredero del idealista alemán, acotando que éste actúa para interpretar el mundo mientras Marx trata de transformarlo; con Marx la ciencia económica se torna lucha política. La sociedad industrial, nos recuerda, plantea su estilo tecnológico y se expresa en el vértigo del tiempo. El primero deshumaniza al hombre, lo convierte en pieza de un mecanismo impersonal que nunca se sacia de consumir y desperdiciar recursos, que concibe el progreso de manera
muy estrecha, sólo en función del avance económico. El tiempo, por su parte, se asocia también al modo tecnológico: medir el
tiempo y ganar el tiempo es el signo de nuestro tiempo.
En la mayoría de los casos, la cultura es híbrida, resulta del transplante de la cultura hispana sobre las culturas nativas. Pero en vez de aprovechar esa unión en una síntesis dinámica y vital, nos alejamos de las oportunidades que podría brindarnos para imitar el modelo estadounidense, confundiendo de paso, lamentablemente, la prosperidad con la forma política: se adopta la última en apariencia y no se alcanza la primera, “Imitamos a los Estados Unidos, pero no fuimos como los Estados Unidos.. .” y así, al desprendernos de España entramos a la economía internacional, a la dialéctica del amo y el esclavo, a participar en una competencia desigual en que, para ser como los poderosos, buscamos el camino de una ley que no obstante nuestras esperanzas y esfuerzos no transformará la realidad.
Quizá el empeño más estimulante del autor sea la búsqueda de un modelo mexicano de desarrollo, búsqueda que deberá ser, por necesidad, una labor colectiva, en la cual él está dando pasos iniciales muy importantes: trata de integrar a nuestro pensamiento áreas donde se ha hecho rutina la imitación externa, frecuentemente extralógica; hurga en el pasado histórico para enriquecer nuestro futuro como comunidad independiente. No cree que ésta sea una manifestación aislada, sino un
proceso muy saludable que está emergiendo en el mundo subdesarrollado, tanto en las ciencias como en las artes; no por ello deja de resultar sorprendente la coincidencia de enfoques en analistas de orígenes muy diversos, de aptitudes y vocaciones muy diferentes. Desprenderse de la imitación dócil no resultará fácil, significa una búsqueda con menos antecedentes y apoyo, implica renunciar a la ayuda y legitimación de autoridades reconocidas universalmente; demanda ingeniarnos con nuestros propios y limitados recursos para entender procesos antes no examinados y menos aún entendidos.
Su convicción es que, no obstante lo difícil de la empresa, éste es el camino correcto y que parece que hay muchos elementos que nos orillan a considerar que un desarrollo de esta naturaleza es posible y quizás sea el único sendero realmente viable a largo plazo, si es que se ha de mantener la integridad e identidad nacionales.
También significa que se debe reexaminar rigurosamente la concepción de los valores y metas que orientan nuestras actividades y conforman nuestras instituciones. Una reinterpretación tecnológica del subdesarrollo que lleve a pensar en la conveniencia social y económica de la recuperación selectiva de la experiencia tecnológica tradicional y de articular la técnica con el bienestar colectivo.
Plantea que lo que nos hace falta es un proceso integral de análisis de los efectos y defectos de las variables tecnológicas sobre la economía y la sociedad, con la intención de multiplicar las opciones que para todos puede ofrecer el proceso de desarrollo. Si algunos procesos de evolución tecnológica y cultural han ocurrido durante siglos de adaptación al medio imperante, hay que respetarlos y, en todo caso, observarlos antes de pretender mejorarlos, o, con un estúpido sentido de modernidad, destruirlos o ignorarlos. Y concluye diciendo que esto, infortunadamente, es lo que hemos hecho de manera sistemática; de ahí también la imitación extralógica. Sin duda hemos pagado con creces nuestra sumisión cultural e ideológica.
Uno se pregunta ¿No será esta aspiración una utopía, un idealismo fútil, en el mundo nuclear y electrónico de nuestros días?
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