Los números de la economía chilena se han separado notablemente de los números de la economía latinoamericana, y la han acercado a las de Europa y Estados Unidos. Sin embargo, la distancia con aquellos centros de desarrollo es un obstáculo para el crecimiento. Alejándose de América Latina, para bien o para mal, desde un punto de vista económico y para todo efecto práctico,
chile ya no es un país latinoamericano. Es esto, precisamente, lo que lo hace singular. Pero tampoco es un país europeo, o asiático, o sajón. Chile se ha transformado en un caso único. De allí que en Chile empezara a surgir la idea de que ya no es apropiado compararse con los países latinoamericanos; la región es una instancia superada y ahora hay que elevar las miras, cambiar de puntos de referencia, entrar a las ligas mayores, mirar y aprender de Australia y Canadá y Nueva Zelanda, todos países ricos en recursos naturales, exportadores de commodities, y más bien pequeños; todos países simpáticos, que no cobijan a terroristas, ni emprenden aventuras bélicas irresponsables, ni representan amenaza alguna para la seguridad
mundial. Todos países a los que Chile, recientemente, quisiera parecerse. Los estudios recientes sobre la fortaleza de las instituciones y de las políticas competitivas confirman los avances logrados por Chile. Las diferencias con respecto al resto de América Latina son tan marcadas y sistemáticas que las comparaciones llegan a ser antipáticas. El Fraser Institute de Canadá ha calculado un índice sobre el “
nivel de protección de los derechos de propiedad”, con valores de 1 a 10. En 1990, momento en que se iniciaban las reformas del llamado Consenso de Washington, el índice para América Latina alcanzaba un promedio de 4,5, similar al de Asia (4,7) y más bajo que el de los “Tigres asiáticos” (6,7%); ese año Chile tuvo un índice de 6,2. Quince años después la situación latinoamericana es desoladora: el índice del Fraser Institute ha caído a 3,7; en Chile, en contraste, su valor continúa en 6,2. En Chile la calidad de la justicia es muy superior que en el resto de América Latina. Según un índice de “independencia del poder judicial” calculado por el mismo Fraser Institute, Latinoamérica alcanza un valor de tan sólo 2,7, en la escala de 1 a 10, mientras que el valor para Chile es 5,2. Lo mismo sucede con la imparcialidad de las Cortes, los costos de hacer cumplir contratos, la efectividad del gobierno, y el nivel de control de la corrupción. En cada uno de estos indicadores –calculados por Fraser, Transparency Internacional y el Banco Mundial– Latinoamérica es ampliamente superada por Chile. Desde hace un
tiempo el Banco Mundial calcula una treintena de índices sobre la calidad de las políticas económicas para un grupo de más de ciento cincuenta países. Estos datos evalúan cuán “amistosas” son las leyes y regulaciones para los emprendedores y las empresas, y nuevamente ubican a Chile en la vanguardia absoluta dentro de América Latina (www.doingbusiness.org). En Chile toma menos tiempo crear una empresa, contratar legalmente a un operario, inscribir una propiedad, tramitar importaciones y obtener créditos, que en el resto de la región. Además, Chile es el país más globalizado de América Latina, tanto en lo que se refiere a comercio internacional de mercancías como a movimientos de capitales. Sorprendentemente, quizás, los datos del Banco Mundial indican que las políticas económicas chilenas son, en promedio, más pro-competencia que las de los países del sur de Europa –España, Grecia y Portugal. En el ránking del Banco Mundial sobre facilidad para hacer negocios, Chile está en el lugar 28 entre 150 países; los países del sur de Europa están ubicados en promedio, en el lugar 39. Más aún, en 31 de los 36 indicadores en el archivo Doing Business del Banco Mundial, Chile tiene ventajas sobre estos tres países europeos. Esta diferencia es particularmente aguda en las áreas de legislación laboral y dificultades legales para contratar a nuevos trabajadores y modificar la nómina de las empresas. ¿Significa esto que en un periodo razonable de tiempo, y gracias a estas políticas competitivas, Chile alcanzaría el nivel de ingreso de estos países europeos? acercándolas a la Unión Europea. Pero quizás el mayor impedimento para que Chile logre una rápida convergencia a los niveles de ingreso europeos tenga que ver con su ubicación geográfica. La distancia es, desde un punto de vista económico, una maldición. Y Chile se encuentra enormemente lejos de los grandes mercados.
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