SOBRE LA TELEVISION ARGENTINA I
La Argentina se encuentra en una acelerada hipertelevisación:
la
televisión ofrece la construcción de una realidad con reglas propias y ocupa lugares donde se había mantenido ajena, aunque su relación con el resto de la producción cultural está desbalanceada. Su autorreferencia -programas donde se comenta lo que pasa en la televisión- le ha permitido sobrevivir a todas las crisis y ha terminado por fortalecerla. Así, estas últimas palabras podrían definir la ideología de Telefé: el ex canal 11 es una fábrica de sueños en constante evasión de la realidad del país. Un canal autoreferencial, tanto de sus estrellas como de sus programas de dudoso contenido. El resto no existe, nadie ingresa a la fama si no se somete a las leyes del juego televisivo, o sea las de Telefé.
Mientras todo lo demás debe probar su existencia, la televisión existe y ejerce una rara fascinación, aspira a la hegemonía en todos los relatos y su pansexualismo produce como figura emblemática una travesti -Florencia de la V- donde, debido al triunfo de la imagen, el público la considera mayoritariamente como una mujer.
La televisión es de visión privada y la multiplicidad y pluralidad de ofertas del cable y la práctica individual del zapping elimina el referente común. El no ver lo mismo impide el debate sobre textos concretos de la televisión, discutiéndosela desde visiones individuales construidas por fragmentos. La crítica es a la televisión como medio y no a sus textos.
Aunque la pauperización de la población nacional y la ruptura de los lazos
sociales hace de la televisión un medio gratuito de información y entretenimiento, el verdadero enriquecimiento cultural viene de la participación y la integración en los grupos sociales, hoy en decadencia.
A diferencia de los cómicos de antaño, donde la tele incorporaba los comportamientos sociales, hoy los programas de humor generan hilaridad valiéndose de la realidad, el circuito del consumo es autoproducido.
Durante la crisis de finales de 2001, fue la televisión la abanderada en el rechazo de los políticos. Debido a las falencias de las instituciones, la gente acude a la televisión en busca de soluciones. La imagen televisiva era la verdad frente a una cruel realidad. Pero los canales no tradujeron artísticamente esa decepción ni intentaron caminos alternativos. En los contenidos sigue mandando el fatídico más de lo mismo.
La autodefensa de "mostrar a la sociedad los temas que le incomodan en lugar de esconderlos" de la "telebasura" es una mentira, aunque en verdad existen puntos de la psiquis humana que tienen que ver con el morbo que pueden salir ante el menor estímulo.
Gran Hermano es una convocatoria voyerista-exibicionista protagonizada por gente a la que le gusta ser mirada y vigilada por millones de curiosos que se deleitan haciéndolo; reality show, le dicen, pero no es más que un perverso y efímero juego de alianzas con el único fin de poder sobrevivir en este mundo descartable. En la pantalla una voz masculina le pide al público que vote quien se queda y quien se va, transformando en activo la pasividad de los televidentes, algo así como hacerle a otro lo que temo que me suceda a mí. Una burda recreación orwelliana con gran éxito de público. Ser protagonista televisivo como único modo de arribar a la fama sin escalas y ascender socialmente en un país que ya no brinda dicha alternativa a través del trabajo esforzado.
La televisión es puro devenir. Lo que dice pasa. De allí que un país con memoria complicada como la Argentina, la televisión trabaja y saca provecho de ese status quo mnemotécnico.
Por LUCIANO DIFILIPPO