La visión que tenemos de la
imagen como copia, como resultado de un proceso imitativo o de reproducción lo más exacta posible, proviene del origen latino de la palabra imagen, y siglos después todavía nos cuesta mucho trabajo abordarla como algo más, como resultado de una construcción en la que intervienen procesos de percepción, selección, registro, interpretación y resignificación de lo que nos rodea y lo que experimentamos.
Se propone en este
texto abordar a la imagen como construcción que significa, que expresa, que comunica, y que, por tanto, debe ser interpretada, ya que como creación humana, la imagen responde tanto a capacidades innatas del individuo como a capacidades aprendidas socialmente, de ahí la importancia de analizarla por su valor histórico y epistémico.
En el estudio de las imágenes es fundamental conocer dos cosas: quién fue el autor de la
fotografía y, de ser el caso, tanto el fotógrafo como el que la encarga, a quien podríamos ver bajo la figura de productor; y los diversos soportes en que se encuentra cualquier pieza o imagen material, así como sus diferentes formas de circulación, y por tanto sus funciones y significaciones. Igual de importante es no perder de
vista el contexto, porque es común que este tipo de documentos sean permanentemente descontextualizados.
Si tomamos a la fotografía como artefacto social, como producto resultante de una aplicación tecnológica mediada por el
sujeto que registra desde una cultura, desde una praxis social de una época, coincidiremos en que sólo podemos llegar al significado holístico de la fotografía si la consideramos por sí misma como documento/artefacto, interpretamos su contenido y comprendemos la intención del fotógrafo. Además, las fotografías son más valiosas si las estudiamos cuando están relacionadas por grupos o series, que si pretendemos trabajarlas de forma unitaria Sin quedarnos entonces con la primera vista rápida de la imagen, resulta fundamental la atención y análisis sobre el detalle, aquel que necesita ser mirado y vuelto a mirar a la luz de otros documentos, siempre sin perder de vista el
contexto y analizando las relaciones que se dan entre sujeto-objeto y sujeto-sujeto, porque a menudo sólo a través de ellas podemos ver con la mayor exactitud hasta los más mínimos detalles de la vida cotidiana.
Consideramos que si nos interesan los registros fotográficos por su carácter informativo, social o histórico, sólo con un análisis
documental podemos indexarlos, manejarlos adecuadamente por medio de sus representaciones, informar sobre ellos e incluso ordenarlos de forma sistemática. Y aquí resulta inevitable referirnos al polimorfismo de la imagen, es decir, a la compleja relación imagen-texto: la fotografía sin texto constituye un documento muy difícil de tratar y a menudo rechazado. Los significados de una fotografía cambian de acuerdo con el contexto donde se la ve.
Es por ello que con gran facilidad la fotografía desprovista de texto es interpretada de forma dispar según quién la vea y dónde la vea, ya que existe y significa cosas diferentes, en tres momentos que es necesario considerar: el de su creación, el de su tratamiento documental, y el de su reutilización.
Una metodología de análisis documental debe contemplar el análisis morfológico y el de contenido. El primero implica estudiar características técnicas, formales y de composición de la imagen, como el soporte, formato, tipo de imagen, óptica, tiempo de pose, luz, calidad técnica, enfoque del tema y estructura formal. El segundo, según la finalidad del acervo, implica analizar el documento visual y todo lo que lo acompañe, identificando lo mejor posible todos los elementos fotografiados: personas, lugares, objetos, acciones/situaciones, contexto, connotaciones más claras; con evaluación de la pertinencia de conceptos candidatos a entrar en la ficha de descripción, con traducción al lenguaje documental utilizado en forma de descriptores y con redacción de unresumen textual de la fotografía, que básicamente describe el quién/es, cuándo, dónde y por qué. Si el significado de la imagen cambia no sólo en función de quién la mira y cuándo la mira, sino también según lo que uno ve a su lado o inmediatamente después, podemos ver la importancia de analizarla tomando en cuenta el espacio en que se inserta o por el que circula y junto a qué. Como conclusión, debe preocuparnos el peligro del ilustracionismo, entendido como el uso de las imágenes reducido al de simples ilustraciones de textos a menudo ni siquiera relacionados con ellas y debemos abogar por su incorporación como fuentes y su tratamiento documental, en la convicción de que desde la investigación social podemos hacer mucho por cambiar esta generalizada situación que promueven tanto los medios editoriales como los audiovisuales mismos.
Si las imágenes son fundamentales para acceder a las visiones del mundo propias de una época, es prioritario ubicarlas en una serie de contextos que van relacionados con el que la encarga, el que la produce, dónde, cuándo y para qué. Estudiarlas en la medida de lo posible como parte de series y analizar siempre con sumo cuidado los detalles, así como no perder de vista sus diferentes significados según el momento, se presenta como otro gran reto el abordaje de los silencios o las ausencias en las imágenes.
No debemos vemos entonces a la imagen sólo como reflejo de una determinada realidad social ni sólo como un sistema de signos carentes de relación con la realidad social, sino que su estudio debe ocupar múltiples posiciones intermedias entre estos dos polos.
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