No son pocas las razones que les faltan a los cristianos para sentirse desmoralizados y desesperanzados ante una Iglesia
que no
termina de colmar el vacío de su existencia, frente a un mundo que tampoco se presenta como la panacea de la realización personal, ni de la felicidad que todo hombre busca.
Sin embargo, lo que más me preocupa es que este sentimiento de oscuridad se apodere, igualmente, de los sacerdotes y pastores que además tienen la responsabilidad de animar a las comunidades cristianas. Porque cuando un cura está desmoralizado, su misión se resiente hasta el extremo, y al final los que pagan las consecuencias son sus feligreses.
En realidad, la gente cree y se apoya en la esperanza de la resurrección, pero no termina de fiarse de aquellos que dicen saber y conocer cómo llegar hasta ella. La falta de
autoridad moral parece haberse extendido como un cáncer difícil o imposible de sanar, y este es un mal presagio para los tiempos que corren. Los jóvenes no quieren saber nada de la Iglesia, aunque sí de Cristo, y los mayores se mantienen en una fe que vive de las rentas porque la actualidad les resbala soberanamente.