El carácter sacramental de la Iglesia la aleja de cualquier vinculación con un régimen político, sea del signo que sea. Es
más, la Iglesia como Misterio no se acomoda a ninguna forma de gobierno posible, calcado de la sociedad civil por la que se organizan los hombres.
Sin embargo, si pudiéramos asimilar las formas
civiles a la propia organización eclesial, no nos sorprendería si decimos que la Iglesia se parece más a una monarquía absoluta que a una
democracia.
Lo paradójico es que la historia ha mostrado con claridad que tanto las monarquías absolutas como las dictaduras no son la panacea de la organización civil, ni las más convenientes para una sociedad participativa e implicada en el desarrollo y crecimiento de sus miembros.
Llama la atención que cuando la Iglesia tiene una palabra de corte político con la que denunciar lo que pasa en las sociedades civiles, siempre se decanta por una democracia como mejor manera de estructurar la vida en común de cada Estado.