En la Iglesia la
voluntad del Papa, del obispo, o del
superior de una orden o congregación religiosa, se identifica con la
voluntad de Dios, y esto consiste no sólo en el cumplimiento externo de los mandatos del
superior, sino en la adhesión de espíritu y en la renuncia a hacer uso de la propia
voluntad.
Por eso la crítica desde dentro de la Iglesia, no sólo no es comprensible sino que se percibe como un acto de desacato contra el mismo Dios que habla por boca de la jerarquía, anulando todo intento de disensión o crítica argumentada que no se configure exactamente igual a como la Iglesia (desde cualquiera de sus estamentos) exige que se cumpla.
La libertad interior, la libertad de conciencia, la libertad de espíritu, aunque son facultades reconocidas a todo hombre por la teología antropológica, en realidad no se permite que sean vividas en el seno de la Iglesia católica, por la amenaza que habitualmente pesa sobre ellas con el castigo, el silencio o la exclusión.