Posmodernismo Por Juan Disante Hace unos 30 años llegaba el postmodernismo para quedarse por bastante tiempo. De aquella larga influencia mundial del mayo francés del 68, hubo de atravesar mucho camino para llegar a una situación de no tener voluntad de nada. De la cultura de la solidaridad hacia el prójimo, saltamos a la inexistencia de valores y premisas. La cultura modernista anterior se caracterizaba por haber creído en la evolución de los emprendimientos humanos hacia un seguro estadio paradisíaco en donde no existirían el hambre, la servidumbre, la enfermedad, la ignorancia. Era un plan que, apoyado en la razón pura, prometía más educación, más bienestar, más orden, más justicia y paz, conforme a aceptar la exaltación de la libertad creadora como la base del humanismo. Pero no podía durar mucho ese proyecto, dado que las guerras y la inequidad social hicieron saltar por los aires la previa idea modernista. Hay un fracaso del compromiso de la sociedad occidental de progreso lineal e indefinido. Entonces aparece la revisión de la moral y de la verdad oficial. Esta dice: “No sólo no hay futuro claro, es que ni siquiera debe existir el futuro”. No hay proyectos convincentes, “todo es pragmático”. Se desestima que una cultura sea superior a otra, como se creía en la modernidad. Domina el pluralismo cultural. Se mezclan culturas con contraculturas de diferentes minorías étnicas, lingüísticas, religiosas, sexuales. Todas las maneras de vivir valen igual porque todos los valores son relativos. En el reino del relativismo que reestablece todas las tablas de valores, la principal idea postmoderna es producir un desmonte y emparejamiento de los valores. A su vez, repeler las uniformidades desde la perspectiva de los regímenes. La posición de mostrarse tedioso y escéptico frente a las propuestas de la política tradicional, ofrece la comodidad de mantenerse distante de las certidumbres cerradas y presuntuosas. Pero, todo cambio de las sociedades, trae aparejado cambios en los cuerpos de las personas. El cuerpo comienza a reflejar aquella bipolaridad. Ahora el individuo social está por fuera de la preocupación de la época y se alienta el individualismo salvaje como forma de concretizar el instante descartable. Así como lo “Público” y lo “Privado” aparecen mezclados, confundidos y manipulados por el poder, el Cuerpo se convierte en un “no lugar”. Aquel sitio donde se genera una ilusión falsa que pretende presentarse como extensión de las libertades individuales. El “Mercado” como poder abstracto impuesto por los intereses creados, aprovecha muy bien éste cambio cultural y envía mensajes subliminales a través de sus publicidades. Ejemplos, en un cartel que propaga zapatillas caras, apareció una frase que incita: “Sé totalmente libre… trepáte por las paredes”. En un reclamo de crema cosmética dirigido a la mujer moderna, se la intenta convencer de que el cuerpo es una cosa y el propio ser es otra, allí dice: “Tu cuerpo espera mucho de vos. Cuidálo”. Las ventas de autos deben propagandizarse con chicas hermosas que se suben inmediatamente a ellos. El que maneja está enajenado. Ahora, el verdadero “cuerpo” es el vehículo. La masa de hierros se convierte en el sujeto de la oración, el conductor en el predicado. Soy yo, pero no soy yo. El cuerpo está escindido con mi “otro”. En el postmodernismo, el organismo no es más la sustancia, la materia, la entidad carnal. Es un objeto, una circunstancia para legitimar la falta de porvenir claro y, por lo tanto, gozar con fruición del efímero momento.
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