El hombre desde sus orígenes acomete por hacerse al control de la naturaleza, en el proceso,
ha logrado transformaciones contundentes en su entorno físico, atribuyéndole usos acorde con necesidades en buena medida artificiales; las selvas, bosques y llanuras dan paso a megaciudades como sello del ejercicio de tan ambicionado control, sin embargo, no solo el medio natural se alteró para cumplir con las expectativas de progreso, crecimiento y evolución sostenida, la humanidad, que en principio obedeciera a preceptos solidarios como garantía de supervivencia en un medio hostil, terminó por sufrir la imposición de un reducido número de sus integrantes, que aprovechando los avances de la sociedad en conjunto se colocaron a la vanguardia, alterando la providencia de los pueblos.
Sólo citar al mundo occidental moderno, permite vislumbrar la noción creada de desarrollo, en éste caso, desde perspectivas eminentemente económicas “atribuyen el bienestar al alza en el ingreso o el incremento de la productividad media del trabajo”<1> apoyándose a su vez en un constructo teórico consolidado a partir del Keynesianismo y el Neoclasicismo, se privilegia la acumulación de capital y el progreso tecnológico que sin dudas, es marcadamente desigual y condicionado por los intereses de los poderosos. Lo anterior, lleva a cuestionar la manera en que se instauró la idea de desarrollo en la tierra, muy unido por cierto a las ambiciones de países cómo los ESTADOS UNIDOS, que luego de la segunda guerra, se dieron a la tarea de evaluar las estrategias a seguir con el propósito de extender su poder hegemónico en todas las latitudes, sin embargo, hubo una situación poco contemplada en tiempos pretéritos, y que de permitirse el generalizarse, sería un obstáculo para el cumplimiento de sus fines; ésta, no era otra cosa que la pobreza, convirtiéndose en un problema de alcance global, en el que las multitudes sin recursos, trabajo, educación ni expectativas de vida medianamente dignas, se constituían en una bomba de tiempo que podría explotar y desencadenar un conflicto de proporciones aún mayores que las de la misma guerra, justificando con ello la intervención de los pueblos para salvaguardarlos de su crisis.
En lo absoluto los argumentos de las grandes economías para incursionar en los pequeños mercados, estuvo apoyada en su buena voluntad, en un punto de la historia, su discurso salvador maquilló con incuestionable habilidad el trasfondo de sus acciones, lejos estaban de aceptar que las voluminosas economías de mercado resquebrajaron la cohesión de los pueblos, poniendo a éstos en una lucha por la competencia, terreno en cuyas lides no solo eran neófitos sino que carecían de las condiciones mínimas que aseguraran el acceso a la tierra, agua y recursos estratégicos; en fin, los menesterosos del mundo en verdad eran un problema, había que controlarlos tomando las medidas necesarias para que no despilfarrasen sus recursos, antes bien, optimizándolos aplicando de forma taxativa el conjunto de recetarios que les condujesen al desarrollo y a la mejora de sus condiciones de vida.
Se trataba de consolidar el modelo capitalista a cualquier costo y los pobres, en sentido amplio, aun no habían sido condicionados de forma que aceptasen con resignación el cumplimiento de tales propósitos.
Pero la tarea rapidamente se fue cumpliendo en la medida que los gobiernos de los países no industializados terminaron por aceptar a placer las disposiciones en materia economica y politica de sus pares poderoso, además incluyendo medidas asistenciales que distraían a la poblacion de la inequidad estructural y colocaron a la poblacion a pelear entre si no por la reivindicacion de sus derechos como pueblo y la administración soberana de sus recursos, sino a pugnar por las migajas del estado dicho sea de paso cada vez más escasas.
<1> RODRIGUEZ OCTAVIO, Concepción del Sistema Centro Periferia (Teoría del Subdesarrollo de la CEPAL), Capitulo I, p.p 25