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Síntesis y críticas breves

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Einstein

por : juanrobert    

Autor : L. Castellani y L.Gigante
EINSTEIN
L.Castellani y L. Gigante
Un descolorido estudiante
Albert Einstein nació el 14 de marzo de
1879 cerca de la ciudad alemana de Ulm, en Württeberg, donde su padre poseía una pequeña industria electromecánica.
Un año después de su nacimiento, se fueron a Munich, los negocios andaban mal y la familia Einstein decidió cambiar de residencia - una vez más - e instalarse en Milán Italia.
Pero Albert, que tenía entonces dieciséis años, quedó en Munich a fin de terminar sus estudios secundarios.
Nunca fue un buen estudiante; por otra parte, en su familia, lo consideraron un “lento”. Había comenzado a hablar luego de los tres años. Más adelante, su madre escribía a una amiga: “No se que haremos con Albert, por ahora no aprende gran cosa…”
No aprendía - entre otras razones- porque se rehusaba, desde los primeros años de clase, a estudiar de memoria y, además, no toleraba la disciplina. En cambio se aplicó primero, y con auténtica pasión, al estudio del violín; una pasión que lo acompañó hasta su larga vejez.
Pero, no obstante sus escasos progresos en el estudio, Albert poseía el don, la virtud simple, y a la vez estimulante, de “maravillarse”. “No tengo dudas - dice Einstein – de que nuestro pensamiento trabaja, en su mayor parte, sin hacer uso de signos (palabras), y con frecuencia inconscientemente.
¿Cómo puede suceder, de otro modo, que nos “maravillemos” ante ciertas experiencias de manera tan espontánea? Esta “maravilla” se manifiesta cuando una experiencia entra en conflicto con un mundo de conceptos, ya suficientemente estabilizados en nosotros mismos. (…) Conocí una maravilla de este género cuando a la edad de 4 ó 5 años mi padre me mostró una brújula. El hecho de que ese objeto se comportase de un cierto modo no concordaba con la naturaleza de los fenómenos que podían ubicarse en mi mundo conceptual de ese entonces, basado totalmente en la experiencia directa del “tocar”. Recuerdo ahora - o al menos me parece recordar- que esta experiencia me produjo una impresión notable y persistente: dentro de las cosas debía haber un algo profundamente escondido”.
Interrumpidos sus estudios secundarios, en los que se había revelado como “flojo en los asuntos”, pero bastante bueno en matemática, Albert se reunió con los suyos en Milán. Ya había madurado una irrevocable decisión: abandonar la ciudadanía alemana.
Desde Milán se traslada a Suiza e intenta ser admitido en el Politécnico de Zurich, pero resulta aplazado por su falta de preparación en todas las materias, excepción hecha de las matemáticas. El rector del Politécnico - que ha intuido su excepcional capacidad - le aconseja asistir a un curso preparatorio en la escuela cantonal de Aarau, que lo eximirá de un nuevo examen de admisión. Así, finalmente, pudo Einstein inscribirse en el instituto.
Un hombre absorto
A los 22 años, en 1901, conoce a una joven estudiante húngara, Mileva Maritsch, y decide casarse. Esto le impone nuevas responsabilidades y se ve obligado a aceptar un empleo modesto - pero estable- en la Oficina de Patentes y Marcas de Berna. Su obligación allí es resumir las características de los inventos presentados para otorgarles su patente legal. Al mismo tiempo que cumplía esa ocupación - no demasiada comprometida – tenía otra más importante, “la de pensar”, a la que se dedicaba con una capacidad de concentración extraordinaria.
Esta capacidad de abstraerse imprevistamente de sus ocupaciones cotidianas para concentrarse en una idea, para detenerse en una intuición, fue siempre una de las características más desconcertantes de su personalidad. “Mi género de labor se puede hacer en cualquier lado”, repetirá más tarde el profesor. Recomendaba a sus alumnos: “Si tenéis un problema, consultadme; no me molestaréis jamás porque puedo interrumpir mi trabajo en cualquier momento y retomarlo luego”.
Una biógrafa suya y amiga íntima, Antonia Vallentin, a descripto esa maravillosa capacidad de aislarse de pronto, en el curso de un coloquio, de una conversación, en cualquier momento, para concentrarse en una intuición que lo había deslumbrado.
“Nada aparente cambiaba en su expresión. A menudo una ligera sonrisa se dibujaba en sus labios. Sus ojos podían seguir abiertos de par en par, pero quedaban tan vacíos y sin luz como los de un ciego. Se podía hacer al lado suyo un gran ruido o guardar un silencio profundo; él no llegaba a sentirlo. Podía permanecer así ausente largo rato, o volver en sí rápidamente. Sus retornos eran tan bruscos como sus partidas. Pero era difícil desembarazarse de la impresión de que su presencia entre nosotros era, algo así, como prestada”.
Cuando Paul Valery lo interrogó sobre sus métodos de trabajo, preguntándole si acostumbraba tomar apuntes en un cuaderno o en hojas de papel cada vez que se le ocurría una idea, Einstein se volvió hacia su ilustre interlocutor con una sonrisa bonachona y le respondió con su habitual dejo de ironía: “No tengo necesidad de nada. Las ideas usted sabe, son muy raras”.
Publicado el: agosto 27, 2008
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