Perón y
evita Jorge Camarasa Las puertas del Luna Park se habían abierto
a media tarde del sábado 22 de enero de 1944, y por los altoparlantes se escuchaba la transmisión que hacía Radio Nacional de la gala donde se iban a recaudar fondos para las víctimas de una catástrofe.
Una semana antes, los sismógrafos del Observatorio Astronómico Nacional habían saltado enloquecidos y llevado a todo el país la noticia de que en San
Juan, 1.100 kilómetros al oeste de Buenos Aires, había habido un terremoto.
El gobierno de Buenos Aires se había tomado tiempo para reaccionar y había designado a un hombre para que se hiciera cargo de coordinar toda la ayuda y fuera la cara misma de la solidaridad. Ese hombre era el coronel Juan Domingo Perón.
A las puertas del poder. A poco de cumplir los 49
años, Perón estaba a punto de iniciar el tramo final de su viaje hacia el poder.
A los 15 años había ingresado en el Colegio Militar, y su foja de servicios indica que fue un buen soldado. Después de algunas misiones en el interior, a los 31 años obtuvo el grado de capitán mientras cumplía destino en Buenos Aires, y allí conoció a la primera de sus mujeres.
La chica, de 17 años, rubia y menuda, era maestra de piano y guitarra y sus padres la llamaban Potota. Aurelia Tizón sedujo al capitán, empezaron a verse y, como es canónico, se casaron tras formales dos años de noviazgo.
A principios de 1938, de vuelta en Buenos Aires, Potota empezó a desmejorar hasta que, en julio, la internaron y la operaron de un cáncer de útero. Murió tras una larga agonía, y Perón, con un crespón negro en la manga de su uniforme, debió enterrar a la primera de sus tres esposas. No habían tenido hijos.
Un largo camino. Desde Los Toldos, donde había nacido en 1919 de una unión de hecho, María Eva Duarte Ibarguren ya había recorrido parte de un largo camino. El empuje inicial lo debía a un cantor de tangos, Agustín Magaldi, quien se la había llevado con él a Buenos Aires cuando tenía 15 años.
Cuando terminó la amistad con Magaldi, Eva dejó la pensión de Congreso y se mudó a una casa en La Boca. Allí estuvo siete años sola, y aprendió a elegir sus relaciones. Sus más íntimos eran actores como Quartucci, empresarios como Juan Llauro, directores de revistas como Emilio Kartulovich, y altos cargos del gobierno, como el coronel Aníbal Francisco Imbert.
El 22 de enero de 1944, Eva y él habían llegado juntos al Luna Park. Perón llegó con la comitiva que acompañaba al presidente Ramírez. Su cara y su tarea eran familiares al público, y fue ovacionado. Saludó con las manos en alto, hizo su discurso sobre la solidaridad con los sanjuaninos y, cuando fue a sentarse, advirtió la presencia de su camarada. Imbert se adelantó y cometió un error estratégico propio de un viejo militar devenido cartero y verdugo de actores: presentó a su acompañante.
Aquella noche, cuando Perón se fue del Luna Park, Eva Duarte lo acompañaba colgada de su brazo. Iban a estar juntos los siguientes ocho años y medio.
Perón, en una de las pocas descripciones con algún erotismo que hizo de ella, la definió así: "De frágil presencia pero de vigorosa voz, con una larga cabellera que le caía suelta sobre la espalda, y de ojos ardientes".