Los controles de precios que impulsa la Secretaría de Comercio Interior en la Argentina, obligaron a las empresas fabricantes
de alimentos a agudizar el ingenio para eludir las
regulaciones oficiales. Con el visto bueno de las autoridades, en los últimos meses los consumidores vieron cómo las góndolas de los
supermercados se poblaron de nuevas versiones y presentaciones de los productos tradicionales. De esta manera, en los últimos tiempos se multiplicaron las ofertas de hamburguesas saborizadas, detergentes súperconcentrados, panes con cereales o yogures con fibras, cuya característica más saliente es que su precio es sensiblemente superior a la de la versión original. La novedad más creativa es que ahora esa práctica también está llegando a los productores de alimentos frescos y así es cada vez más común encontrar en los supermercados porteños propuestas novedosas, al menos en cuestión de nombres: asado del centro, tomates elegidos, bife selección especial o papas seleccionadas. Más allá de ofrecer algún pequeño diferencial en materia de calidad, el dato distintivo que tienen estos productos es que son hasta 100% más caros que la versión común.
Es evidente que el Estado no debe abrogarse competencias que no son propias de su función. La economía depende de las leyes del mercado y de la libertad que es inherente al ser humano. Definitivamente no puede ser manejada por decretos, regulaciones ni leyes.