Se producen 1000, ataques promedio, de tiburones al año en todo el mundo. Solo se denuncian
unos 50 casos oficialmente; “no podemos ahuyentar el turismo”, sostienen. Un cazador llamado Watson, a lo largo de sus exploraciones en los 161000 kilómetros de agua poco profundas, se dedicaba a cazar
tiburones. Finalizaba el siglo XX. En torno a las 70 islas que componen la Bahamas, era su lugar elegido, sobre todo en la lengua del Océano, fosa de 1800 metros de profundidad, ese lugar es llamado también “la pecera de las Bahamas”, poblada por centenares de especies, sobre todo por
depredadores crepusculares pelágicos, un eufemismo por los tiburones. Watson, el cazador submarino, sucumbió finalmente, a la atracción atánica del escualo sobre el hombre, que solo sabe que lo ignora todo, sobre un animal que lleva en los mares sin cambios apreciables, según datos cintíficos, 400 millones de años. El tiburón es excepcionalmente ágil, tiene un olfato que localiza una gota de sangre, en medio millón de litros de agua hasta un kilómetro de distancia. Sus mandíbulas pueden triturar a cualquier persona en un santiamén. Sus dientes se les renuevan un y otra vez. Tiene en su cabeza, al lado de sus ojos, censores electroreceptores, que les permite detectar vibraciones a enormes distancias. El tiburón es el rey de los mares; se debe saber que en el mar el pez grande se devora al pequeño, para subsistir, pero nadie puede con el tiburón
. Los cazadores atacan al tiburón apuntándole a la nariz, que es la parte más sensible que tiene. Lo cierto que de éstos depredadores existen en todos lo mares. Navegan a unos 50 kilómetros por hora; si se pararan morirían, y su capacidad para recorrer 800 kilómetros en un día queda fuera de toda duda. Cuidado con lo tiburones. Pueden atacar.