A lo largo de mi vida he comprobado que la ingenuidad es la madre de todos los fracasos. No pretendo con esto eludir responsabilidades; no es mi intención. Ser ingenuo lo lleva a uno a caer en el vacío. La ingenuidad no es otra cosa que ser puro de ánimo, donde prevalece el candor, no existe la malicia. La persona ingenua es engañada por el malicioso, que son los más en éste mundo terreno. El ingenuo cree todo lo que le dicen, no se detiene a pensar que uno “ve rostros y no corazones”, como decía mi abuela.
El ingenuo nunca piensa mal, para él todo está bien, no discrimina, no separa la “paja del trigo”, tan necesario esto en todos los ordenes de la vida. No es lo mismo un hombre que prostituye mujeres que un padre responsable de su hogar. No es lo mismo una mujer asesina, que una madre que mece la cuna; no es lo mismo robar, que ganarse el sustento, con el esfuerzo cotidiano de su trabajo. Para el ingenuo todo da igual y así como le va en la vida; siempre “queda mal parado”, porque son los otros los triunfadores; él solo queda como claque. Si no dijera como
romper con la ingenuidad, por lo menos desde mi punto de vista, ésta nota estaría incompleta.
Lo primero que se debe hacer es informarse con quien uno está tratando, hacer todas las preguntas que correspondan, porque ese individuo va a entrar a nuestra vida, entonces bueno es, que sepamos a quien le abrimos la puerta; luego probarlo en su conducta, fundamentalmente si cumple con lo que dijo, si uno comprueba que es un mentiroso, se puede perdonar una vez, pero si repite es aconsejable romper relaciones; porque más importante que decir es hacer. Inténtalo ahora.
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