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El Gráfico de El Universal

Summary rating: 3 stars 6 Puntuación
Review by : luda
Visitas : 323  palabras: 900   Publicado el: abril 04, 2006
Límites y adolescencia
María Rosas*
¿A cuántos de nosotros no nos ha pasado, como padres de familia de adolescentes, que los llamamos a comer una y otra y otra vez, les preguntamos si terminaron sus tareas y nos contestan que sí en automático, pasan horas encerrados en su habitación o bien pasan horas pegados al teléfono hablando con las amigas con las que estuvieron las siete horas anteriores en la escuela?
Yo por ejemplo, veo en mi hijo adolescente todo lo que rechazo en los jóvenes cuyas edades oscilan entre los 13 y los 16 años: desgarbo, cambios en su voz, brotes de barritos, nacimiento de bigote y un gran desparpajo al vestirse. ¿Qué hago con esta criatura, me pregunto cotidianamente? ¿No habría manera de saltarnos esta edad?
Desafortunadamente no. La vida sigue su curso y ya no hay ni regreso a los siete ni adelanto a los 30. Tenemos que aprender a convivir y de la mejor manera posible con nuestros adolescentes. No los veamos como una carga y tampoco nos expresemos de esta etapa de su vida como si fuera lo peor. Todo eso se los transmitimos y ellos ya tienen suficiente con los fuertes e incomprensibles cambios hormonales que viven y que los confunden, los hacen dudar, los ponen de mal humor. Imaginémonos la manera tan brutal con la que viven nuestro rechazo a esa etapa de su vida.
No me atrevería a decir que mi adolescencia fue mejor que la de los chicos de ahora. Hoy ellos tienen muchas más opciones que las que tuvimos nosotros para cruzar por esta etapa de forma mucho más relajada.
¿Qué pasó? Pasó que el mundo se está transformando, la familia está cambiando y los que son adolescentes hoy tienen como padres de familia a los miembros de una generación que crecieron obedeciendo a sus padres y hemos sido padres obedeciendo a nuestros hijos, dándoles todo, teniendo miedo de poner límites para que no se frustren y crezcan como seres humanos sanos emocionalmente.

Muchos de los cambios que viven los adolescentes tienen su explicación en cuestiones químicas y hormonales, pero la otra parte tiene que ver con lo que algunos autores llaman “la normal anormalidad de la adolescencia” que, como casi todos sabemos, implica conductas cambiantes, inestabilidad en el humor y los cambios corporales. También influye que los chicos dejan de idealizar a papá y mamá y los empiezan a ver como hombres y mujeres de carne y hueso con defectos, a la sociedad como algo lleno de límites que no les ayuda a resolver sus conflictos.
Los adolescentes consideran su propia personalidad fuera de todo cuestionamiento. Ellos no tienen que ver con nada ni con nadie, no son responsables de nada, las cosas deben hacerse como ellos quieren y a la hora que deciden. En fin, el mundo no los merece. Como los pequeños, los adolescentes están en una etapa en la que prueban todo el tiempo los límites que como padres y sociedad tienen que respetar.
Y aquí nos enfrentamos con el primer gran reto como padres de adolescentes: ayudarlos a reconocer sus emociones. Ellos viven con una gran intensidad todo lo que les pasa, sufren profundamente dentro de ellos mismos y peor aún si tienen un ambiente familiar desestructurado. Debemos orientarlos para que reconozcan y acepten sus frustraciones pero también para que asuman sus responsabilidades y obligaciones ya que esto es lo que los ayudará a estabilizarse.
Ciertamente la confianza y el diálogo entre padres e hijos es muy importante para un mejor desarrollo del chico, pero hemos llegado al extremo de permitir que los niños nos maltraten y nos falten al respeto, hemos olvidado, por no entrar en conflicto con ellos, que nosotros somos la autoridad, somos los adultos y ni a nosotros ni a nadie se le debe faltar al respeto. Una relación de respeto y estima no se contradice con una relación de compañerismo. El chico debe aprender que la libertad tiene un precio de respeto y responsabilidad y su incumplimiento trae consecuencias negativas. La consecuencia es necesaria y muchas veces inevitable para que los hijos tomen conciencia de que no todas sus conductas son aprobadas. Cuando nuestros hijos son pequeños creemos que es más fácil controlarlos porque incluso físicamente dependen de que los llevemos y los traigamos, pero cuando llegan a la adolescencia los padres no podemos ejercer el mismo control que teníamos antes sobre ellos y sobre su entorno. Es entonces cuando sentimos que estamos fallando como padres, que estamos haciendo las cosas mal y empezamos a angustiarnos dando origen a conflictos familiares no sólo, entre padre e hijos(as), sino también entre los padres.
Favorecer un espacio donde se desarrolle no sólo la inteligencia cognitiva sino también la inteligencia emocional, garantizará que los padres se corresponsabilicen del desarrollo escolar y personal de sus hijos. Lo cual dará como consecuencia un contexto que favorezca el reencuentro y reconocimiento de los padres como una red de apoyo importante que sustente el desempeño emocional y académico de los jóvenes.

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