Cansados de tanta equivocación
Croacia, este hermoso país, cargado de una historia atiborrada de tonos lúgubres y brillantes, místicos y sanguinarios, emerge ahora con pujanza productiva, creciente libertad, aluvión turístico y toma de conciencia sobre los gruesos errores del pasado. Hace poco, su presidente, Stjepan Mesic, viajó a Israel para pedir perdón por la complicidad de gran parte de la población
croata en la consumación del Holocausto y manifestó su apoyo irrestricto a la Fundación Raoul Wallenberg. Ahora, la inmensa mayoría del país también se siente conforme por haber abandonado de forma total el socialismo autogestionado del mariscal Tito (una de las versiones de socialismo tiránico siempre fracasado que se practica desde 1917, y con el que aún sueña una parte ilusa de América latina), se esmera en cumplir con los ajustes de la fértil libertad de mercado (dolorosa al principio), mantener cuentas públicas transparentes, construir rutas muy bien señalizadas, dar seguridad a los inversores y otras medidas que demanda la Unión Europea, donde Croacia pidió ser admitida. Encoge el corazón ver aún paredes acribilladas por la metralla. Los
croatas tienen un remoto origen eslavo. Una parte quedó durante siglos bajo control húngaro y otra veneciano. En ese tiempo nació el croata Marco Polo. Hubo migraciones sufrientes, dominaciones cambiantes y locas exigencias de transculturación. Los intentos de unificación croata-húngara se volvieron críticos después de las guerras napoleónicas, porque volvió a prevalecer el imperio austrohúngaro, que era un mosaico de nacionalidades. En 1915, apenas iniciada la Primera Guerra Mundial, líderes croatas, serbios y eslovenos formaron en París el Comité Yugoslavo. Se instaló en el centro del escenario una figura terrorífica: Ante Pavelic, cuyo nacionalismo extremo ya tenía lazos fraternales con los nazis. Apoyadas por Mussolini, en 1933, formaciones de la Ustase atravesaron el Adriático e invadieron Yugoslavia. Su fracaso llevó a la decisión de asesinar al rey Alexander I. Ante Pavelic siguió protegido por los fascistas hasta que la invasión alemana convirtió a Croacia en un Estado títere, cuyo mando le fue transferido. Pavelic, llamado poglavnik (líder, conductor supremo), ordenó, organizó y dirigió una campaña de exterminio contra serbios, judíos, gitanos y
comunistas. Su vasta tarea criminal alcanzó el nivel del genocidio. Existen testimonios de espanto descriptos por los mismos alemanes. La Ustase solía arrancar los ojos de los prisioneros serbios. Finalizada la guerra, Ante Pavelic huyó a la confusa Austria. El presidente Perón había otorgado treinta y cuatro mil visas para croatas nazis o perseguidos por los comunistas del mariscal Tito. Allí sufrió dos intentos de asesinato y murió en 1959. Esta infernal experiencia de la extrema derecha fue seguida por la de la extrema izquierda, liderada por Tito. Josip Broz Tito había desarrollado una intensa carrera política que lo llevó incluso a participar en la Guerra Civil Española. En 1937, fue designado secretario general del Partido Comunista Yugoslavo, que seguía las directivas de Stalin. Tito ascendió a jefe del Comité Militar. En 1943, cuando la mayoría del país estaba aún ocupada por el Eje, Tito proclamó un gobierno provisional. En abril de 1945 firmó un acuerdo con la Unión Soviética que permitía la entrada temporal de tropas soviéticas en el territorio yugoslavo para terminar de liberar el país. Tito deseaba una Yugoslavia unida. Aunque su padre era croata, estableció la capital del país en Belgrado, corazón de Serbia, para superar viejos enconos. Luego empezó a distanciarse del opresor Stalin, quien se indignó y lo expulsó del Kominform, en 1948. En 1953, mediante una nueva Constitución, formó la soñada República Federal Socialista de Yugoslavia, compuesta por seis países: Croacia, Serbia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia y Montenegro. Aunque su socialismo se llamaba autogestionado, no era muy diferente del que regía en la Unión Soviética. Tito exhibía indudables méritos diplomáticos y militares, pero no dejó de ejercer la tiranía bajo la excusa de imponer un modelo igualitario. Luego de la caída del Muro de Berlín, en las elecciones celebradas por primera vez bajo diferentes condiciones, la Unión Democrática Croata, dirigida por Franjo Tudjman, venció a los comunistas. Croacia declaró su independencia. La Comunidad Europea, por fin, estimuló una paz duradera entre Serbia y Croacia. En mayo de 1992, las Naciones Unidas reconocieron la independencia de Croacia, Eslovenia y Bosnia-Herzegovina. En febrero de 2000 asumió el presidente Stjepan Mesic, del partido popular croata, centrista, con visión a largo plazo. La juventud estudia con fruición. Hay alegría y esperanza, aunque en el corazón de millares se encoge el luto por incontables pérdidas. Es conocido aporte de este pequeño país a la elegancia universal: la corbata. El Rey Sol quedó impresionado por los hermosos pañuelos que llevaban atados al cuello con un nudo original y serpenteaban con brillo en el centro del tórax. El regimiento pasó a llamarse Royal Cravette. La corbata ganó fama e inició su larga carrera de colores y diseños, casi una profecía de los colores y panoramas que ahora luce esta Croacia libre de fanáticos, cansada de los graves errores cometidos en una y otra dirección. Donanfer
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