Si hay Miseria, que no se note:
El dictamen
francés de que la hipocresía es el tributo que el vicio paga a la virtud
corresponde con precisión a Tartufo o a ciertos personajes de Dickens, no a la
hipocresía argentina, que es de otro orden. El hipócrita, entre nosotros, se
jacta de esa miseria necesaria, el dinero o de esa otra miseria, la fama.
Consideremos una de sus obsesiones; la imagen argentina. La imagen, no la realidad. Yo tuve una
experiencia, en un aula de Nueva York hablé sobre la obra de Kafka. Un
compatriota, a quién muy poco le interesaría esa obra, me dio las gracias
porque yo había mejorado esa tarde, la imagen argentina.
El culto de esa
imagen nos ha llevado a una profusión de eufemismos. Un grupo de cambiantes militares
se encarama al poder y nos maltrata durante unos siete años; esa calamidad se
llama el proceso. Los terroristas arrojaban sus bombas; para no herir sus buenos sentimientos, se los
llamó activistas. El terrorismo estrepitoso fue sucedido por un terrorismo
secreto; se lo llamó la represión. Los mazorqueros, que secuestraron, que a
veces torturaron y que invariablemente asesinaron a miles de argentinos,
obtuvieron el título general de fuerzas parapoliciales. Hubo una invasión y
hubo una derrota; las autoridades hablaron de anticolonialismo y de un cese de
hostilidades. Un ministro, acaso deliberadamente arruina la Patria, se lo
denomina un economista. La Patria fue degradada, expoliada y éticamente corrompida;
se la apodó Argentina Potencia. El viaje de una viuda de Perón se llama
operación retorno. Gremialistas es el mote que se otorga a ciertos matones. Un
negocio turbio es un negociado y a veces, un ilícito. Cobrar excesivamente un trabajo
es hacerse valer. La disputa con Chile se apodó el conflicto limítrofe.
En vísperas de un
certamen de fútbol, apodado el Mundial, las autoridades repartieron ropa a la
gente para que los turistas no advirtieran que hay pobres en Buenos Aires. A
los rancheríos de las orillas, popularmente llamados villas miserias, se los
llama ahora villas de emergencia. Sé de familias que durante los meses de
diciembre, enero y febrero, vivían escondidas en su casa para que la gente
creyera que estaban veraneando en el Uruguay.
Otra especie del
género son los eufemismos pomposos. El presidente, es el primer mandatario, su
mujer es la primera dama, palabra de la jerga teatral. Un ministro, es el
titular de la cartera, curioso gongorismo. Un ciego (yo lo soy) es un no
vidente. Una cuadrilla de parientes y de pistoleros es ahora un séquito. Un
plagio es una reminiscencia. A los maestros, se los llama docentes; a los
psicoanalistas, psicólogos; a los porteros, encargados; a los basurales,
cinturón ecológico; a las batidas policiales, vastos operativos; a los
controles de vehículos, Operativo Sol. Desde hace poco, la venta lucrativa
(toda venta lo es) de obscenidades y la exhibición de desnudos se llama
democracia o a la española, destape.