La obsesión se describía antes de Freud como la “aparición en ciertos sujetos de ideas y actos compulsivos, repetitivos,
ritualizados que se expresaban especialmente a nivel psíquico, y en los que el pensamiento retornaba siempre sobre los mismos temas. Eran sujetos asaltados por la duda perpetua y por el temor a cometer actos impulsivos” (Capellá, p 186). Así, el mundo pulsional de estos sujetos se ordena o canaliza por medio del pensamiento.
En la película “Lo que queda del día”, el mayordomo, Mr. Stevens presentaba un caso típico de obsesión. Una característica muy común en los obsesivos, es el conflicto entre obediencia y desafío, ya que ellos piensan que ser bueno es igual a ser obediente. Entonces se tiene que la persona quiere ser ella misma, pero para lograr esto, tendría que anteponer sus propios deseos a los de los demás, y si hace eso, entonces los demás ya no le querrán. La persona obsesiva “está en una constante lucha entre deseos inconscientes de gran intensidad y la ley, lo cual genera sus dudas y su ambivalencia” (Capellá, p 208).
La inconformidad con la ley presentada por Mr. Stevens, se puede ver cuando
El doctor que se encontró en el bar y que le lleva a comprar gasolina para su carro, le pregunta si trabajaba para Lord Darlington. Mr. Stevens en primera instancia dice que no, es decir, niega la ley por la que se rigió durante muchos años de su vida, quizá debido a que no estuvo del todo de acuerdo con su jefe, a pesar de toda la obediencia y respeto que le tuvo en una época, él afirma que actualmente trabaja para Mr. Lewis, un norteamericano y que no conoció al dueño anterior de la Mansión. Posteriormente, el sentimiento de culpa de Mr. Stevens le hace recapacitar y es cuando le confiesa al doctor, que sí conoció a Lord Darlington, que era muy buena persona y que le respetaba mucho. En un momento, Mr. Stevens quiso liberarse de la ley que le tuvo subyugado por mucho tiempo, pero entonces entró el sentimiento de culpa, que le produjo una enorme ansiedad y le hizo retractarse de su deseo de libertad.
Las personas obsesivas, tienen una enorme dificultad para manejar el placer, pues temen excederse en el goce (las pulsiones). Para mantener las pulsiones bajo control, el obsesivo utiliza una serie de rituales, que se caracterizan por “la repetición, siempre en la misma forma de determinados actos de la vida cotidiana...Los actos obsesivos...están bajo la soberanía de una “conciencia de culpa” a tal punto que el sujeto no puede suspender su ejecución, ya que en caso contrario es castigado con la aparición de la culpa. Es decir, el ceremonial intenta proteger all sujeto de la aparición de la angustia en forma de culpa” (Capellá, pp 190-191). Para evitar sentise culpables debido a la salida de las pulsiones, los obsesivos utilizan los rituales como una forma de revestir dichas pulsiones, y muchas veces se presentan como deformaciones del mundo pulsional.
Mr. Stevens presentaba una serie de rituales, entre ellos el medir con una cinta métrica la distancia entre las copas de la mesa. Y en una escena, le dijo a uno de sus ayudantes: “Nunca tocas el fondo del vaso”. Mr. Stevens era sumamente ordenado, y en otra de las escenas, Miss Kenton le pide que vea una escultura en un salón, pero él le contesta “estoy muy ocupado en este cuarto ahora”. Es decir, que él no podía salir de un cuarto si no había terminado de limpiarlo. Como dice Freud: “el ceremonial neurótico consiste en pequeños manejos, adiciones, restricciones y arreglos puesto en práctica siempre de la misma forma o con modificaciones regulares, en la ejecución de determinados actos de la vida cotidiana...(el obsesivo es) incapaz de suspender su ejecución, pues toda infracción del ceremonial es castigada con la angustia intolerable que le obliga en el acto a rectificar y a desarrollarlo al pie de la letra” (Freud, p 215). Para Mr. Stevens podía resultar inimaginable no medir la distancia entre las diversas partes de la vajilla, ya que esto le podía traer una gran carga de angustia.