Con una actuación excelente de Irene Jacob, quien hace el doble papel de las dos mujeres, este extraordinario
filme se caracteriza por su impecable manejo de la luz y una música única.
Veronika vive en Polonia, es joven, linda y excelente cantante. Su voz nos lleva a otras dimensiones con su tono tan singular. Al mismo tiempo sufre una afección cardiaca.
Veronique vive en Francia, su profesión también es la música y se dedica a enseñarla a niños pequeños. También sufre la misma enfermedad.
Ambas tienen la misma cicatriz en el dedo de la mano, porque ambas de pequeñas se quemaron en la estufa. Ambas son románticas, presienten lo que deben hacer, juegan con una bolita de cristal para ver a través de ellas el mundo, y ambas tienen sentimientos muy parecidos, y un romanticismo a flor de piel.
El director Krysztof Kieslowski nos lleva a cuestionarnos si en algún lugar del mundo tendremos nuestro “doble” un ser igual a nosotros que siente y presiente que existimos y que además se siente “Acompañado” de alguna manera porque tiene ese otro yo a “distancia” con el cual comparte la vida y los sentimientos más profundos.
La forma de ver la vida a través del cristal, como enseñándonos que no hay una sola verdad o una sola forma de verla: Todo depende del cristal con que se mire. Además esta es una excusa para jugar con la cámara y poder ver las imágenes deformadas, corridas, o patas arriba.
Todo el tiempo de la película juega el director con este concepto, el de pensar que hay un ser presente que nos acompaña, pero que al mismo tiempo genera algo de temor. El juego de luces que sucede desde una ventana, pero que al final se queda jugando con la protagonista, la música que por instantes se hace más intensa y nos sumerge en la trama. Todo esto son factores que hacen que la película haya sido galardonada en Cannes en 1991, premio a la mejor actriz.