El
transplante de órganos es la práctica de remover órganos útiles de
una
persona que acaba de morir, usualmente en un accidente, y dárselos
a una persona gravemente enferma que los necesita para reemplazar
órganos dañados.
Los
transplantes de corazones, hígados, riñones y pancreas salvan las
vidas de pacientes que son saludables con la excepción de un órgano.
Cada año tienen lugar al rededor de 20,000 transplantes de órganos,
pero la demanda de órganos sobrepasa por mucho la capacidad de los
donadores que mueren dejando órganos útiles. Donadores vivos se pueden
usar en transplantes de
riñon o médula ósea, ya que una persona puede
vivir con un solo riñon y las células de médula ósea se regeneran
naturalmente.
Las primeras investigaciones en el área de transplante de órganos
comenzaron en 1945 cuando Peter Brian Medawar y sus colegas demostraron
que los injertos de tejidos o transplantes de un individuo a otro son
rechazados por una reacción inmunológica al tejido extraño. Se
descubrió que esta era una reacción de los órganos linfoides del cuerpo
(nódulos linfáticos, bazos y médula ósea), similar en principio a
la inmunidad resultante de la exposición a un virus (ver
sistema inmunológico; sistema linfático).
Un
injerto extraño dispara una complicada reacción en la cual se
producen anticuerpos que actúan específicamente contra ese tejido.
Otras células se infiltran directamente en el órgano y proceden a dañar
sus vasos sanguíneos y sustancia, llevando a la rápida destrucción del
injerto.
En los transplantes de médula ósea, células con respuestas
inmunológicas son infundidas, y el injerto puede atacar al anfitrión,
esto es llamado una reacción de injerto-contra-anfitrión.
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