TRAUMATISMO PSIQUICO DE LA MUJER EN LA AMPUTACION DEL SENO
De todos
los problemas quirúrgicos que el ginecólogo debe resolver, existe uno que por la gravedad del choque psíquico que origina representa una verdadera tragedia para la mujer.
Me refiero a la amputación del seno.
Tratándose de un tumor mamario, la enferma ha de afrontar serios problemas espirituales que día a día irán socavando su equilibrio´anímico, quebrantando su alma hasta llevarla a verdaderos estados de desasosiego. Para interpretar estos cuadros de angustías en su justo valor, corresponde tener siempre bien presente que la mujer más ignorante de la actualidad sabe que todo tumor del seno equivale a un probable cáncer. Es en base a esta fea sospecha que ella ha de ¨ver¨ con sus propios ojos, y seguir, con una obsesionante palpación cotidiana, el lento pero contínuo desarrollo de una lesión que paralelamente con su crecimiento le dará la certeza de su gravedad, y aumentará su martirio al máximo. Junto a este complejo ya de por sí deprimente ubicamos otro que exaspera los sufrimientos y que llamamos estético-sentimental. Es que la mujer comprende que con la amputación se priva de uno de sus mejores atributos sexuales y pierde una carta de triunfo de innegable valor frente al hombre; presintiendo que con ese jirón de su feminidad huirán también las posibilidades íntimas conyugales, por repulsa definitiva del esposo.
Los dos primeros problemas -la sospecha del cáncer y visión de la tumoración- suelen hallar relativa solución con posterioridad a la operación, pues las seguridades que ofrece el médico, el florecimiento físico subsiguiente y el correr del tiempo que reafirma la certeza de curación, hacen que todo el cuadro angustioso anterior se vaya desdibujando, recordándoselo luego como una pesadilla del pasado; pero ahí queda una cicatriz, un funesto resabio de algo perdido para siempre, una feminidad mutilada junto a un complejo de inferioridad que se ahondará al máximo ante el distanciamiento definitivo del marido, provocando graves conflictos de difícil solución.
Debemos desconfiar de las enfermas que impresionan poseer un precario capital espíritual o ser poco propensas a inquietarse por su mal; porque si luego interrogamos a los familiares o a las enfrmeras, con quienes generalmente se explayan, nos enteramos con gran sorpresa, de toda una gama de tristes pensamientos que, sin embargo, martillean su mente.
Antes de que el médico llegue a la indicación operatoria se requiere la preparación en el terreno mental, estudiar las reacciones psíquicas, coeficiente intelectual, emotividad, pudor, etc.; es decir, valorar en lo posible el capital anímico para enfocar el problema desde su mejor ángulo.
Pasado el penoso episodio quirúrgico, después de varios días, durante los cuales se habrá tenido especial cuidado en impedir que ella ¨vea¨ la cicatriz y ya en plena convalecencia, existe una mejor disposición para aceptar cualquier engaño piadoso que explique la pérdida del seno.
A raíz de éxito operatorio y con el mejoramiento físico subsiguiente, el cuadro psíquico que la había perturbado va cediendo, la mujer se calca y reconcilia con la vida, llena de fe en el porvenir. Pero existe otro complejo -el estético-sentimental- como consecuencia de la amputación, la menor valía objetiva que agrieta el ¨yo¨ somático, invade la vida de relación afectiva haciendo que la mujer adquiera conciencia de su inferioridad estética frente al amor. Su conflicto se agrava porque, a su vez, se originan cambios en el proceder del marido, quien decididamente no se aviene a materializar sus urgencias en un cuerpo caduco ya de uno de sus mejores estímulos.
Este lamento femenino se escucha con relativa frecuencia por poco que el ginecólogo interprete la tragedia sentimental de la mujer, que por tal causa, ha visto al esposo considerarla objeto inútil y huir de sus contactos desestimando sus otras cualidades e imponiendo la separación definitiva de cuerpos. Pedir que estas mujeres desestimen la pérdida orgánica en su doble significado estético y sentimental, es exigirles un capital anímico superior al que adorna al común femenino.
Para interpretar este conflicto debemos recordar que el hombre en el ejercicios de sus menesteres íntimos y más que en inguna otra de sus facetas impulsivas, se halla dominado por un franco egoísmo y un instintivismo casi primitivo que exige su marco adecuado; por eso cualquier alteración física femenina más o menos chocante instalada en el correr matrimonial, suele bastar para desencadenar un mecanismo inhibidor que congele su impulso de raíz y la pérdida de una mama es más que suficiente.
La esposa, con su intuición femenina, imagina todo el proceso que ha de elaborar la mente masculina y no es raro que ante la certeza de perder su mama, reaccione con un cuadro emocional de matiz trágico. Cualquier mujer equilibrada en sus fuerzas anímicas acepta el lento distanciamiento conyugal que aumenta con el correr del tiempo, e inconscientemente se va adaptando a una situación que deriva de la claudicación impuesta por los años. Pero en algunos casos el conflicto adquiere características propias por su inesperada brusquedad, su cruento origen, y, más que todo, porque con frecuencia se instala en épocas de plenitud amorosa, tronchando toda posibilidad para el futuro.
En esta situación hay que tener una constante preocupación, en la delicadeza del trato, en el engaño piadoso, en la discreta actuación y, en saberse poner a tono con la enferma, atendiendo sus grandes o pequeños problemas relacionados y haciendo una psicoterapia adecuada que levante el ánimo y cure el espíritu.