El hombre, buscando vivir mejor,
se fue apartando de la sabiduría esencial, aquella que lo emparenta con
las otras especies, como los animales y las plantas. Se industrializó y se tecnificó tanto que
perdió intuición y perdió salud. Fue creando
un nuevo sistema, apartado del primitivo, donde todo está acondicionado para que se desarrolle la enfermedad del cuerpo, de la mente y del espíritu. Logró hábitos de vida crecientemente deplorables. Y no estamos hablando de “comer sano” y salir a correr por el parque. El tema es mucho más profundo y más grave. Se trata de verlo con una mayor amplitud de conceptos:
¿de qué nos estamos alimentando? Todo nos nutre. Nutrimos el
cuerpo con sólidos, líquidos y con el aire que respiramos. Nutrimos nuestra
mente con lo que leemos, pensamos, escuchamos y vemos. Nuestro
espíritu se nutre de creencias, lecturas, oraciones o alabanzas, y a veces de nada.
Evidentemente, nutrición no es sólo comida, hay más... Para desintoxicarnos de todo lo pernicioso tendríamos que hacer primero un cuidadoso y detallado examen de todos
estos aspectos para ver
cómo están funcionando en nuestra vida.
El problema radica en que, aunque nuestros sistemas nos defienden de los ataques a nuestra salud, estamos tan
intoxicados, que en vez de filtrar y eliminar, funcionan diseminando la intoxicación.
Colorantes, conservantes y aromatizantes de los
alimentos envenenan nuestro
cuerpo; también lo hacen las substancias gaseosas que pululan por ahí. Asimismo solemos meterle substancias perniciosas a nuestra castigada
mente cuando hablamos infructuosamente o leemos lo que no nos enriquece o miramos programas televisivos inconsistentes. Mientras tanto, nuestro
espíritu, suele ser víctima de total inoperancia por falta de alimento.
Imitando a Hamlet podríamos decir :
Comer o no comer... he ahí el dilema del hombre.