El neoliberalismo, hijo del
capitalismo fordista ha engullido el cuerpo vencido de su propio
padre y se ha propuesto algo superior a la explotación de la fuerza de trabajo, el
neoliberalismo es un jugador por excelencia, un tahúr que sobreaguó en el siglo XX sobre la base de aprovechar algo mejor que el cuero de los explotados, ya que su padre nos había curtido y marcado en una centuria, con hierro candente a todos. Lo que este último retoño del capitalismo necesita para perpetuar su dominio es la mente y el
cerebro de cada uno de nosotros, tiene que “vendernos la moto” y mantenernos en el espíritu del capitalismo –incluso del cristianismo- sin pérdida de tiempo, ya no existen las jornadas de trabajo, las campanas que se salvaron quedaron en la poesía de Neruda, las otras resultaron fundidas para vender latón y cobre, este vástago implacable devora nuestro cerebro día y noche como el bicho en el hipotálamo, los relojes son Tissot ó Rolex atisbando cuánto dura la captura de un hoyo de golf, para eso sirve el tiempo; asistimos según fukuyama al “fin de la historia”, las ideas de izquierda “no pelecharon o siguen en minoría”, aúllan estos lobos esteparios del neoliberalismo conservador, acto seguido hablan los sacerdotes del FMI venidos a más como tahúres, nos hacen “ganadores” a todos, la economía ya no es un dolor de cabeza sino un espectáculo de las pantallas de la bolsa, a la economía siempre le va bien y salvo algunos pocos estornudos los hombres más ricos de la especulación retienen los cuatro ases per se; mientras los otros seres, los de abajo, corremos de un lado a otro sin ir a ninguna parte. El
trabajo consiste en buscar trabajo, y el salario es apenas una moneda que cae del multinivel, una comisión de las corporaciones de cosméticos, un rezago de los sistemas pensionales en bancarrota, o si acaso extraordinario: la recompensa del sapo o un chance que es como el parto de los montes.
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