Rusia lleva camino de volver a recuperar su papel protagonista en la escena
internacional como potencia mundial, aunque para
ello no dude en utilizar todo un amplio abanico de posibilidades que encuentra en su riqueza energética, su poderoso arsenal militar y su influencia estratégica.
A pesar de que en la campaña electoral rusa este tema no ha sido tratado en profundidad, ya que la casi totalidad de fuerza políticas han centrado sus mensajes en cuestiones domésticas, Rusia Unida ha querido ofrece al mundo una “clara agenda”, en la que según sus defensores, se apuesta por “la defensa de los derechos humanos, la lucha contra el terrorismo y proliferación de las Armas de Destrucción Masiva, la búsqueda de soluciones a los problemas medioambientales, lograr la participación de Rusia como un miembro de pleno derecho en la Organización Mundial del Comercio”, pero sobre todo se postula como defensora de “la soberanía rusa y de los derechos d elos ciudadanos rusos en el mundo”.
También el Partido Comunista hace una breve mención a su proyecto de política exterior, anunciando el “colapso inevitable del sistema capitalista, denunciando el sistema consumista y apostando por un desarrollo sostenible para el conjunto del planeta”. Otras fuerzas utilizaran el miedo escénico de “fuerzas extranjeras” para asentar un discurso netamente nacionalista.
Si a principios de los noventa Rusia perdió su condición privilegiada en el teatro de las
relaciones internacionales, en la actualidad lleva camino de volver a recobrar, si no lo ha hecho ya, buena parte de su peso. Una de las prioridades de Vladimir Putin ha sido la de devolver el protagonismo ruso y sobre todo mostrar a sus ciudadanos que Rusia es un “país fuerte” y que ya no está en manos de oligarcas dispuestos a vender todas las riquezas a cualquier postor occidental.
En estos años Putin ha logrado una mayor estabilidad política, aumentando considerablemente la centralización del poder en Rusia, al tiempo que sabía aprovechas tanto de cara a políticas domésticas como exteriores el boom económico. Gracias a ello, Rusia ha participado con más fuerza y protagonismo en la esfera
internacional, con voz propia e independiente, y en ocasiones manteniendo una postura diplomática agresiva, que rompe con la pasividad que mostraba hacia Occidente en los años de Gorbachov, Yeltsin o incluso los primeros meses del propio Putin. Hay quien ha definido esta transición como el paso “de la cooperación en operaciones antiterroristas a comienzos de los noventa a la dura retórica del 2007”.
En las Relaciones Internacionales actuales, hablar de “defensa de misiles estratégicos, el nuevo orden mundial, actores de política exterior, prioridades geopolíticas, resolución internacional de conflictos, cooperación nuclear, estabilidad estratégica o percepciones de seguridad” lleva consigo oír y atender a la postura que mantiene el gigante ruso ante cada una de ellas.
Y uno de los pilares dialécticos básicos de la política exterior de Putin se centra en la defensa de un mundo multipolar, como contrapeso del actual mundo unipolar que mantiene a Estados Unidos como el principal actor internacional, y que es fruto del fin de la escena bipolar tras la Guerra Fría. Tras el colapso de la Unión Soviética, y tras varios años deambulando, los dirigentes rusos se han lanzado a la búsqueda de su propia identidad en política exterior, buscando devolver a Rusia la centralidad en las políticas globales actuales. La dominación unipolar estadounidense es totalmente inaceptable para los estrategas rusos que recuerdan una y otra vez que su país es “el que posee el mayor territorio geográfico del mundo, es miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y todavía conserva una importante capacidad armamentística nuclear”.
La idea de un mundo multipolar (que algunos definen como la “doctrina Primakov”) que defiende la existencia de varios polos de poder, aunque reconociendo todavía la una cierta escala, es vista con buenos ojos por países como China, India, Japón, o algunos estados de la Unión Europea. También las llamadas potencias emergentes del mal llamado “Tercer Mundo” estarían de acuerdo con esta puesta en escena que significa de facto un freno para las ansias y proyectos homogeneizantes que se lanzan estos días desde Washington.
La posición de Rusia le permite tender sus estrategias y actuaciones hacia Europa o hacia Asia, el poder económico de su potencialidad energética se ha convertido en los últimos tiempos en una de las más poderosas armas que maneja el Kremlin en sus relaciones con el resto de países. La política de Putin ha logrado diversificar las relaciones y romper esa visión eurocéntrica que pensaba que Rusia “necesitaba a Europa”, a pesar de los desplantes de ésta hacia el gigante ruso. Como alternativa no ha dudado en estrechar lo lazos con dos potencias emergentes como China e India. Con la primera ha impulsado la Organización de Cooperación de Shangai (SCO), a la que algunos se han atrevido a definir como la alternativa asiática a la OTAN, y ha logrado importantes acuerdos en torno a la frontera común. El peso ruso en el continente asiático también ha crecido, aunque todavía mantiene un pulso soterrado con China, y fruto de ello un analista apuntaba que “la cumbre de Cooperación Económ
ica Asia-Pacífico, que se celebrará en Vladivostok en 2012 es un acontecimiento más importante que los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi en el 2014”.
TXENTE REKONDO.- Gabinete Vasco de Análisis Internacional (GAIN)