Cesar Beccaria tenía razón hace doscientos años, y continua teniéndola.
Los humanos al querer reprimir a los demás su
conducta exteriorizada, supuestamente en contra de los demas, puedo decir que esta
conducta no es más que la expresión de lo que reprimimos interiormente, para no manifestarlo ante la sociedad; somos
verdugos de nosotros mismos, castigamos severamente a nuestros conciudadanos, queriendo castigar a nosotros mismos para que a través de otro, nos reprimamos nuestra misma cobardía.
Bien lo expresa Beccaria que la pena debe de ser adecuada al delito, y no más allá de lo que realmente se cometió. Encerramos de por vida a quienes nos demuestran que somos imperfectos, para no volverlos a ver ni reflejados ante el espejo; ustedes legisladores que crean las leyes, las penas no son justas con el projimo, pero cuando se trata de ustedes ó sus hijos quieren la pena más blanda porque alegan que no fue su intención causar el daño.
No olvidemos que, genéticamente los patrones barbaros, desde el inicio de la humanidad se ha ido depurando, pero al ser unos más civilizados que otros se estimulan a aflorar la conducta más grave con la menos grave.
Es esto en el fondo lo que nos trata de decir Beccaria:
que somos verdugos de nuestro propio destino.