El desencanto por la representación clásica proviene en gran parte por la falta de respuestas que las
elites políticas dan a las urgencias, exigencias y escaces que plantea una globalización con su obvia secuela: el incremento de los excluidos en términos relativos. Esta misma globalización con lleva la difusión de valores y modelos nuevos, de pretensiones aún imposible de satisfacer. El efecto de la democracia, llamada revolución de expectativas, produce un encandilamiento en las grandes masas para acceder a una modernidad que todo lo promete. Cerrados los canales de demanda y las vías para darle respuesta, adviene la frustración que a su vez puede desembocar en dos salidas: la revuelta violenta contra la situación imperante y sus presuntos gestores, o la búsqueda de una identidad capaz de dar adecuadas respuestas. Muchos en América Latina, han comenzado a cuestionarse sobre los beneficios que les reporta poder elegir sus gobernantes, cuando estos ya en funciones, ignoran todos aquellas promesas que los hacía representantes del sentir del bien común y para peor son protagonistas en marcados escándalos de corrupción, que luego se refugian bajo sistemas judiciales conniventes y lo mas graves es que prohíjan sistemas económicos que solo se benefician a unos pocos. No cuentan con una ideología precisa sino que se basan en un conjunto de reivindicaciones sociales básicas o en mantener un estado de entusiasmo colectivo inspirado en términos de justicia redistributiva. Afrontamos una época que para algunos significa “el fin de las ideologías. Si dejamos de lado definiciones elaboradas podemos, a los fines de éste apartado, considerar como ideología: “ a toda estructura articulada de valores sostenida dentro de una sociedad y que apunta a su realización mediante el ejercicio del poder”. Además de recursos, voluntad y libertad, requiere una plataforma ideológica que nos ofrezca metas a las cuales apuntar.