Escritores.cl tiene un subtítulo que despeja cualquier duda acerca de su contenido:
Literatura chilena en Internet.
El portal recibe
al cibernauta en la antesala
con una invitación para conocer la
Quinta Antología Voces Online en edición convencional, en papel, y la
Tercera Antología de Microcuentos, en edición virtual, lanzadas por
Escritores.cl. Un par de argumentos tan contundentes que tampoco admiten dudas sobre la eficacia de los servicios editoriales que se ofrecen; convicción que se completa cuando se aborda la lectura de los relatos breves en un sabroso libro de bolsillo virtual que con gracilidad asombrosa despliega sus páginas para develarnos buena literatura.
Al ingresar de lleno al portal, se presenta la colorida primera plana de la revista literaria de
Escritores.cl, encabezada por la leyenda:
Año X Invierno de 2007. En la zona inferior
del recuadro de la página se resalta que la
publicación cuenta con el patrocinio de la UNESCO.
Los vivos colores le dan dinamismo a la presentación de los contenidos agrupados en un cuerpo central. Acompañan a sus costados diversos enlaces hacia áreas que amplían el campo de una revista literaria común y corriente.
Uno de esos
links lleva al
Club de Escritores, un conjunto de autores en tertulia nacional e internacional que mediante reglas del juego muy bien definidas pueden intercambiar textos y opiniones, gracias a las facilidades de las nuevas tecnologías. Todos los meses hay un
concurso de cuentos entre los componentes del
Club y el ganador puede ver publicado su relato en la página
web. Quienes quieran participar como miembros de esta cofradía no están atados por ninguna clase de compromiso, salvo el de la literatura, y se pueden inscribir y desinscribir en el momento en que así lo deseen.
Emocionante es la semblanza de Luis Cornejo, escritor teatrista y cineasta, que desarrolló su creación al margen de lo instituido en cuanto a criterios editoriales y principios estéticos.
Su talento y la poderosa simpatía nacida de su auténtica sencillez llamaban al diálogo cuando instalaba en la Plaza de Armas de Santiago la silla de tijereta junto a la mesita llena de sus libros —publicados por cuenta propia— e iniciaba su pregón:
—“ Vea mi libro, sin compromiso; soy el autor “
Quienes lo rodeaban era público en general, jóvenes escritores y un segmento de clientes fijos.
Entre éstos estaba el marinero que adquiría los últimos títulos para alquilárselos a los miembros de la tripulación que así aseguraban su lectura en las largas travesías transoceánicas. También los obreros de IANSA —la fábrica de azúcar a partir de remolacha—, que se las veían con un material que arruinaba las páginas en poco tiempo y los obligaba a renovar ejemplares viejos y a comprar títulos nuevos.
Este contacto llegó a hacerse una costumbre que logró crear un enriquecedor intercambio entre el autor y el lector pocas veces visto en ocasiones anteriores.
Hoy, un portal de las características de
Escritores.cl consigue amplificar y diversificar este diálogo hasta dimensiones jamás imaginadas.
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