• Registro
  • ‎¿Qué es Shvoong?‎
  • Iniciar sesión
    Iniciar sesión
    Recordar mi nombre de usuario ¿Olvidó su contraseña?

Síntesis y críticas breves

.

.

Edith Piaf

por : Martin Lucas Perez    

Autor : Monique Lange

Toda una leyenda de sólo un metro y cuarenta y siete centímetros de estatura. La diminuta y flaca Édith Piaf nunca dejó

de ser una chiquilla inconsciente, irrefrenable juerguista que abusaba del alcohol y la morfina, cam­biaba de novio como de camisa, regalaba el dinero a manos llenas y a pesar de su frágil salud, desobedecía en todo a los médicos. En su cabeza, la profesionalidad era un concepto vacío. Cantaba porque lo pedía su naturaleza, como cantan los pájaros, y no lo hacía con menos arte ni pasión al principio de su carrera, en las calles de París y a cambio de la voluntad del transeúnte, que cuan­do cobraba miles de francos por actuar en el Olympia.


            El pequeño gorrión pertenecía a la raza que pinta Victor Hugo en Los miserables, esos pilluelos que recorren el laberinto parisiense comiendo de donde pueden y echán­dose a dormir en cualquier lado mientras las ratas rondan a su alrededor. Su padre era un acróbata callejero que la llevaba con él para pasar el plato después de sus actuaciones y que acabó dándose cuenta, en cuanto su ni a comenzó a poner en juego su portentosa voz, de que si alguien debía limitarse a pasar el plato era él. Así que se marchó y la dejó solita con la vida. Édith Gassion (más tarde Piaf), cantando de esquina en esquina, conoce los bajos fondos de la capital del Sena, los chulos, la aventura, el navajeo, la borrachera, el hambre y se casa con otro pringado de la vida y tienen una hija que muere de meningitis a los dos años. Cuenta la leyenda que para pagar el entierro de la peque a, Édith tuvo que prostituirse.


            Un día resulta ser su día. El propietario de un cabaré de moda escucha la voz conmovedora de la pequeña muchacha, la contrata y procede a su bautizo artístico: te llamarás la pequeña gorrionzuelo, es decir, la Môme Piaf. Empieza a tener éxito y a conocer a algunos de los compositores y letristas que mejores obras pondrían a su disposición. Pero las cosas comienzan a ser demasiado bonitas para un sino como el suyo. No pueden durar. Y efectivamente: antes de un año su protector es asesinado y ella es una de las principales sospechosas del crimen.


            Todo queda en unos cuantos titulares en la prensa y en un nuevo comienzo en otro cabaré. Ahora ya es la buena. Piaf crea su estilo. Su vestidito negro, sus brazos extendidos, sus manos implorantes, su modosita figura, que va creciendo en escena hasta convertirla en un gigante que ruge desamor y osadía ante la vida. Un mínimo análisis semiológico de sus letras resulta muy instructivo. Sean suyas o sólo seleccionadas por ella, sus canciones repiten “amor, corazón, desesperación, destino, embriaguez, grito, herido, hombre, infierno, lágrimas, loco, luz, llorar, marinero, morir, muchacho, negro, pena, perdido, vergüenza”, es decir, amar y sentirse vivo son iguales a sufrimiento pero mejor eso que la nada; o algo parecido.


            Su estilo es una continuación de la bohemia callejera francesa, ese musette gemido por un destartalado acordeón que tan cerca está del tango. Sólo que no hay acordeones tan expresivos como la voz de Piaf, a la que todo el que la escucha aplica el mismo calificativo: desgarradora. Las canciones de Piaf podrían sustituir a esas fanfarrías de las películas que quieren expresar que ha habido un golpe duro para el protagonista, pero hay que recobrarse y seguir adelante. 
            La triunfante Piaf vive la vida a tope. Las palabras ahorrar o medir los gastos no existen en los barrios de donde ella procede. Allí uno se desprende de lo que tiene, sean unos céntimos o unos cientos de miles. “Si Dios me ha permitido ganar tanto dinero es porque sabe que lo reparto”, decía, después de haber invitado a treinta a cenar. Tampoco en sus amores tiene medida: un ciclista, un boxeador, varios cantantes, alguno con la mitad de edad y el doble de estatura que ella. A unos los deja ella y otros son ellos los que la abandonan. “ Por qué la dejaban? -decía uno de sus amigos-. Porque te reventaba obligándote a vivir a su ritmo: se acostaba a las ocho de la mañana. No había quien lo aguantara. O se divorciaban o se volvían neurasténicos. Con ella, hasta los atletas se quedaban esqueléticos en seis meses”.


            Su salud se resiente. Tiene úlcera hemorrágica, oclusión intestinal, una operación de estómago, comas hepáticos y algunas costillas rotas en accidentes de tráfico al ir de gira. A veces concluir una actuación resulta un triun­fo. Sabe que se acerca a su fin, pero un año antes de su muerte se casa con un jovencito. No abandona el café, ni el vino, ni la morfina. Todo lo hace mal, pero ella proclama en el que designa testamento artístico que no se arrepiente de nada: la estremecedora Non je ne regrette rien.


            Édith Piaf muere a los cuarenta y ocho años, el mismo día que uno de sus amigos, el poeta surrealista Jean Cocteau. A su entierro asiste el vientre de Berlín, su amiga Marlene Dietrich. Allí también, o muy cerca, Charles Aznavour, George Moustaki, Maurice Chevalier, Yves Montand y miles de franceses que hicieron que el acto pareciera la despedida de un jefe de estado.



Publicado el: junio 09, 2008
Puntúe esta sinopsis : 1 2 3 4 5

Bookmark & share this post

.