El lenguaje como la
realidad existen, por lo menos para mí. Mas no creo que exista alguien que pretenda negar sus influencias
reciprocas. Aunque los dos son mundos poblados de seres disimiles. De repente se ven cercanos, como dos fincas del valle que uno observa desde la montaña. Mas hay algo que impide que nos percatemos de los detalles que las unen. ¿Será la niebla o las cataratas de nuestros ojos? Tengo la impresión de que la respuesta nos trae más problemas que soluciones. Entre las dos fincas, como en todo valle, hay un río que serpentea y las separa. Desde Pirrón de Elis hasta nuestros días a ese río le ponen nombres que tienen en común su terminación ismo. Pero ninguno de ellos realmente puede designarle porque no atinan a darnos sus atributos esenciales.
Desde la óptica del escepticismo debo quedarme callado, sin pronunciar juicio alguno sobre el fenómeno. Es la salida más fácil. ¿Pero mi silencio no puede ser interpretado como ignorancia supina sobre el problema?
Si me paso a la otra orilla, en los terrenos del dogmatismo, las cosas no son diferentes. Si bien acepto sin dejar que entre mi voluntad y mi
pensamiento la duda siembre sus raíces quedo sin argumentos que permitan probar que al menos en los extremos
lenguaje y realidad comparten la misma naturaleza, pero a medida que nos adentramos en sus terrenos evidenciamos que son diferentes y hasta en algunos aspectos, que no me detendré en examinar, antagónicos. ¿Pero por qué sus existencias se unen indisolublemente?
La confusión, para hablar del lenguaje, comienza cuando se lo dejamos todo a las explicaciones y a los ismos. Los lingüistas explican desde lo connotativo y lo denotativo. Son pocos los que se atreven a decir que una de sus características esenciales es la connotación. Y no faltan los que no distinguen los términos. Cuando hablamos no señalamos objetos, no los denotamos sino que traemos en cada palabra un concepto que recíprocamente los hablantes de una lengua compartimos, es decir, connotamos. Tal vez en los primeros años denotamos, pero la inteligencia pronto nos lleva a la abstracción.
La oralidad, primera manifestación del lenguaje humano, es una reconstrucción formal que tiene como fin permitir a cada generación transmitir a la otra desde lo exterior. La autoridad del conocimiento, el peso de la tradición y la infalibilidad de la memoria son las notas características de este proceso. Mas tarde la escritura lo petrificará en el mito esculpido sobre las tabletas y el papiro. Pero no se debe pasar por alto que la escritura establece nuevas relaciones entre el objeto y la conciencia, entre el lenguaje y la realidad.
La escritura, o mejor aún, la literatura, como invención humana, recrea los códigos de la lengua y predispone las miradas hacia la realidad. Las individualidades se imponen sobre las colectividades, las ideas subordinan a los objetos y las clasifican. Algunas cosas, si pudieran, denunciarían su tratamiento peyorativo y vulgar; algunas palabras, si las dejáramos, disminuirían la agresividad que los hablantes les imprimimos.
No faltan quienes en la mayor demostración de ingenuidad creen en la escritura como escenario para la democracia. ¿Acaso no ven los superpoderes de la edición y la manipulación de los medios? ¿Será que no podemos percibir el peso de las verdades subjetivas que terminan por aplastar a los hombres bajo la égida de los paradigmas en que se transforman? Daré solo un ejemplo: el geocentrismo o lo que es lo mismo, el sistema ptolemaico. La visión de un hombre causó la ceguera a muchas generaciones. ¡Y qué difícil fue demostrar lo contrario!
Por muchos esfuerzos que hagamos el problema continuará latente y la pregunta hallará múltiples respuestas: ¿Es el lenguaje la representación de la realidad o es la realidad una imagen del lenguaje? Y ahora, si me atengo al idealismo de inmediato evocamos el Mito de la Caverna de Platón. Pero volver al libro VII de La República no me parece pertinente. Leyendo Nuevos Paradigmas, Cultura y Subjetividad de Dora Fried Schnitman, el autor de uno de los ensayos recopilados, Heinz von Foerster, p.102, relata:
Una versión moderna de la caverna de Platón
Hace un par de meses hablé acerca de la metáfora de la caverna a un grupo de físicos en Alemania. Al día siguiente, uno de ellos me dejó un mensaje en el hotel donde me proponía una continuación del relato. Decía así:
De pronto vi que los hombres estaban encadenados a sillones muy confortables, y las cadenas eran suficientemente sueltas como para no molestarles en absoluto. Hasta les oí decir que era una posición sumamente cómoda. Lo cierto es que allí estaban sentados, con los brazos cruzados, contemplando la pantalla que tenían enfrente. Sobre ésta, las sombras danzaban con colores rutilantes, y los hombres no tenían más que un anhelo: ser capaces de crear una sombra, aunque sólo fuese una vez, o convertirse ellos mismos en esa sombra. Uno de ellos se levantó y se sacó las cadenas; vi cómo lo hacía sin ayuda. Los otros sacudieron la cabeza con un gesto reprobatorio, sin comprender; algunos, casi enfadados, ni siquiera dieron vuelta a la cabeza para verlo, no querían apartar sus ojos de la pantalla. Se acomodaron mejor en sus mullidos almohadones y pensaron: "¡Este maníaco sigue tratando de mirar afuera y de ver lo que alguna vez se llamó la realidad verdadera!".