La finalidad de toda religión es la
moralidad; sus doctrinas y medios de divulgación tienen que estar de acuerdo con esta
finalidad. Una religión positiva, sin embargo, no se basa en la moralidad dictada por la razón sino en la exigencia impuesta por la
autoridad. En La positividad de la religión cristiana , Hegel investiga las razones que transformaron las enseñanzas de Jesús (inicialmente, las
doctrinas no positivas) en una religión positiva. El cristianismo y la positividad Según Hegel, antes de Jesucristo, la religión judía había reducido a reglas estrictas lo más sagrado, convirtiendo a su pueblo en esclavos que obedecían ciegamente a las leyes cuyo sentido más profundo no entendían. Las intervenciones de Jesús tenían la intención de restaurar la libertad de los creyentes e introducir las virtudes morales en la religión. Sin embargo, la interpretación posterior de sus doctrinas, basada exclusivamente en la autoridad del maestro, dio pie a conformación de una religión positiva. Lo mencionado se debe a varios factores. Jesús había construido su autoridad con base en la voluntad de Dios; las palabras pronunciadas siempre en nombre del Padre le otorgaron la posibilidad de influir en sus contemporáneos. La renovada religión de virtud, tenía que acompañarse con una nueva autoridad, o sea, Jesús necesitaba exigir fe en su persona para poder transformar la conciencia del pueblo. Los judíos que esperaban la llegada de Mesías, no podían aceptar una doctrina diferente a la suya salvo la que provenía de Mesías mismo. La autoridad de Jesús como hijo de Dios, Mesías y múltiples milagros, no fueron los propósitos principales, sino los medios para llegar a la religión de virtud. Sin embargo, el desarrollo posterior del cristianismo adoptó una dirección diferente. Los discípulos difundieron las doctrinas de Jesús basándose en la admiración hacia el maestro y de esta manera reforzaron su autoridad. Hegel compara los discípulos de Sócrates y los de Jesús, subrayando que los primeros tuvieron la capacidad de reflexionar y elaborar discursos propios, mientras el interés de los segundos se centraba únicamente en la persona de Jesús. Este hecho contribuyó en la instauración de una autoridad incuestionable instaurando, según Hegel, el “principio de la obligatoriedad de lo moral”. Los cristianos, igual que los judíos, empezaron a manifestar su fe mediante las acciones externas, convirtiendo su religión en una creencia histórica. El afán de expansión, el proselitismo, las luchas por el poder y otros factores ajenos a los valores religiosos, alejaron cada vez más el cristianismo de las ideas fundamentales de Jesús. Resumiendo, la religión cristiana, basándose en la fe en una persona, convirtió a los fieles en esclavos de las leyes, y se apartó de su finalidad inicial. Iglesia-estado. Moralidad y legalidad Durante siglos, las estructuras de la religión cristiana se han ido formulando más de acuerdo con las circunstancias externas, que conforme al conocimiento, racionalidad y verdad. Se ha ido perdiendo el sentido de la moralidad confundiéndola con la legalidad. Para Hegel, ejercer la justicia es una virtud cuando se practica como un deber de la ley moral y no por la exigencia de las leyes estatales. El estado civil se encarga de proteger los derechos ciudadanos; su obligación es garantizar la legalidad. La moralidad, que pertenece al ámbito de la religión, tiene que ver con la actitud interna del sujeto. La perfección moral no puede ser objeto de legislaciones civiles: depende de la voluntad autónoma de cada persona. Estos dos conceptos, moralidad y legalidad, entran en conflicto en el momento en el cual la iglesia adquiere una estructura mixta: el estado espiritual y el civil. La supervisión de la moralidad se convierte en objeto de legislación y de castigo. La iglesia, como un estado civil, opera mediante el poder legislativo (concilios) y el poder ejecutivo (obispos, sacerdotes); cada integrante tiene que someter su voluntad particular a la voluntad general, que es la voluntad del soberano. Un estado civil no debe adherirse a la fe alguna, ya que debe proteger los derechos de todos los ciudadanos, independientemente de la orientación religiosa. Sin embargo, la iglesia exige a todos sus miembros la práctica de la misma religión. El conflicto de derechos ciudadanos se acentúa todavía más en el ámbito de la educación, la libertad de decisión y expresión. La institución eclesiástica no solo impuso los actos exteriores de la práctica religiosa, sino también fijó las leyes sobre lo que se debe sentir, querer y pensar. Las verdades religiosas Hegel explica que la posibilidad de conocer las verdades religiosas está relacionada con la imaginación, el entendimiento y la razón. La imaginación, apoyada en el entendimiento, recibe las verdades históricas -experiencias anteriores- como unas representaciones convertidas en creencias. El entendimiento rechaza los milagros (aceptados por la imaginación) ya que no encuentra una coincidencia de los mismos con la realidad. Como no los puede explicar, la creencia se convierte en un deber externamente impuesto: un legado histórico ciegamente respetado y una religión positiva apoyada institucionalmente. Solamente la razón tiene la capacidad de encontrar la fe moral, limpia de toda influencia externa; la razón es la que puede formular los mandamientos morales (necesarios y universales), que son subjetivos, provenientes de la interioridad individual, y no objetivos como lo son las reglas del entendimiento relacionadas con la fe práctica.