Desde Platón, la problemática de la
verdad ha sido analizada como un atributo del discurso, como el fruto de una justa conexión
entre los signos lingüísticos y las esencias de los objetos. Toda la filosofía analítica sienta sus bases en esta idea de la
verdad. Razón por la cual, a finales del s. XIX y a lo largo de todo el s. XX, la filosofía del lenguaje ha llegado a intoxicar todos los centros de la reflexión filosófica. Pero tanto para Nietzsche como para Foucault, la verdad, no puede ser analizada como una relación (sea de correspondencia, como propone Descartes, o de coherencia, como propone, entre otros Davidson), como algo que resulta de la conexión entre las palabras y las cosas; como algo generado por y para la conciencia como mediadora entre el orbe lingüístico y el ontológico. Foucault deja de lado los estudios de la conciencia como generadora de conocimiento, concebida como una investigación de un sujeto trascendental, propia de las filosofías fenomenológicas y de los utópicos modelos marxistas. Para Foucault, la verdad <no está fuera del poder ni carece de poder>. La verdad más que estar a nivel del juego de los signos y de las significaciones, más que depender de los órdenes de las denotaciones externas del discurso que modifican las enunciaciones; tiene que ver con una política del enunciado. La verdad no depende tanto de un “cambio de contenido (refutación de antiguos errores, formulación de nuevas verdades) no es tampoco una alteración de la forma teórica (renovación del paradigma, modificación de los conjuntos sistemáticos); lo que está en juego, es lo que rige los enunciados y la manera en la que se rigen los unos a los otros para constituir un conjunto de proposiciones aceptables científicamente y susceptibles en consecuencia de ser verificadas o invalidadas mediante procedimientos científicos. Problema en suma de régimen, de política del enunciado científico. A este nivel, se trata de saber no cuál es
el poder que pesa desde el exterior sobre la ciencia, sino qué efectos de poder circulan entre los enunciados científicos; cuál es de algún modo su régimen interior de poder; cómo y por qué en ciertos momentos dicho régimen se modifica de forma global”(“Verdad y Poder” en Microfísica del poder, Ediciones de la Piqueta, p. 188).
Para Foucault, la verdad no puede ser analizada por una disciplina tal como la dialéctica o la semántica, simplemente porque la verdad no está a nivel de la lógica ni a nivel de los significados; sino más bien, se remite a un análisis de la <inteligibilidad de las luchas, de las estrategias y de las tácticas>, ya que, según explica Foucault; <existe un combate por la verdad, o al menos entorno a la verdad>, entendiendo por verdad “el conjunto de reglas según las cuales se discrimina lo verdadero de lo falso y se ligan a lo verdadero efectos políticos de poder”(Íbid., 189).
Todo depende, en ultima instancia, del <régimen discursivo> cuya tarea es decidir qué es lo verdadero y qué no lo es. No es una cuestión de disputa epistemológica de las teorías científicas, sino que es, en definitiva, un problema de régimen discursivo. Y esto no conlleva un análisis epistemológico sino una analítica del poder. El poder, según el autor de La voluntad de saber, se caracteriza por dos funciones principales, por un lado, la exclusión, y por otro, la engndración. En cuanto a la exclusión, el poder tiene la propiedad de negar, de prohibir, de excluir, de ocultar. Mientras que en la engendración el poder produce, y en efecto, una de las cosas que produce es la verdad.
En el “Curso del 14 de enero de 1976”, Foucault explica que en toda sociedad “relaciones de poder múltiples atraviesan, caracterizan, constituyen el cuerpo social; y estas relaciones de poder no pueden disociarse, ni establecerse, ni funcionar sin una producción, una acumulación, una circulación, un funcionamiento del discurso. No hay ejercicio de poder posible sin una cierta economía de los discursos de verdad que funcionan en, y a partir de esta pareja. Estamos sometidos a la producción de la verdad desde el poder y no podemos ejercitar el poder más que a través de la producción de la verdad”(Íbid, p. 147-148 ). El poder necesita de la verdad para que el mecanismo funcione, y a su vez, la verdad produce mecanismos de poder.
En conclusión, según Foucault, cuando hablamos de verdad, no hay que entenderla como una relación entre signos y objetos, sino como “un conjunto de procedimientos reglamentados por la producción, por la ley, la repartición, la puesta en circulación, y el funcionamiento de los enunciados. La verdad está ligada circularmente a los sistemas de poder que la producen y la mantienen, y a los efectos de poder que la inducen y que la acompañan”(Íbid., 189). La verdad y el poder son inseparables, donde está el uno está el otro, y no pueden existir separadamente.