Tanto las obras de Nietzsche como las de Freud y Marx son las obras de una irreverencia. Leopoldo Marechal, en su Cuaderno de Navegación, desarrollasu tesis acerca de “las cuatro estaciones del arte”: todo movimiento Romántico se opone no a un Clasicismo, sino a un “academismo” que se impone por vía de degeneración. El Clasicismo se ha petrificado en un “academismo”; la letra (que mata) se impone al espíritu (que vivifica). Entonces un movimiento revolucionario, como movimiento intermedio y necesario inaugura la era Romántica, la cual constituye una fórmula desequilibrante cuya finalidad es restituir al arte o a la ciencia a su esfera Clásica, es decir, a su estado de equilibrio en el cual el espíritu domina sobre la letra. Una vez alcanzado este equilibrio, una inevitable solidificación del espíritu en la letra, en su traducción “académica”, solicitará la restitución del espíritu, y, para ello, una nueva era Romántica requerirá del auspicio de una revolución desequilibrante cuyo tono fatal será el de la irreverencia.
Aquel “triunvirato romántico” inaugura un movimiento de reacción ante un espíritu que agoniza in extremis . Sus obras, profanas, constituyen un gesto solidario con el Espíritu de su época: gesto humano, amoroso; lejos de la noche oscura de la letra, de su Invierno pétreo, apresuran una Primavera que le restituya vitalidad al Espíritu, invirtiendo su subordinación a la letra.
Si hay un gesto común en ellos denunciar en sus contemporáneos una aberración que ha parasitado sus teorías, la ilusión de una cosa que ellos mismos han introducido sin saberlo; las cosas que ven son fantasmas que ellos mismo han creado. La era Romántica, que ellos inician, pues, ha tenido el coraje de alumbrar esos espectros, de dirigirles sus linternas en la noche de la razón para desvanecerlos y mostrar su inconsistencia, su nadería; o peor, los propios rostros de sus artífices.
Marx se refiere al fetichismo de la mercancía como la objetivación de las relaciones sociales de los hombres en el intercambio de productos. El objeto se hace depositario de cualidades humanas, adquiere la apariencia material de las condiciones sociales del trabajo. Para Marx, el peso relativamente alto de este fetichismo lleva a los economistas a interminables y aburridos cacareos sobre el papel de la Naturaleza en la formación del valor de cambio.
Nietzsche denuncia, con su leguaje corrosivo, el fetichismo de una razón que ha adoptado como representante máximo al yo, el cual se dirige al mundo multiplicando fantasmas de sí mismo: la sustancia, la cosa, la voluntad, el agente, la acción, el ser que niega el devenir y la historia. El ser es una aberración del yo; la creencia en la sustancia del yo traerá la divergencia de esa aberración cuyo consecuente será la creación del ser y de la cosa. Esta ilusión esencial, consentiría Nietzsche, es hija de una vocación de taxidermista, cuyo mayor triunfo será exhibir la elegancia de un estilo y una técnica. En su Primavera Romántica, Nietzsche apuesta devolver al Espíritu su esencia vital que es el devenir. Lo que no deviene está muerto. Y el Espíritu necesita respirar el aire de la historia. ¡Las momias: a la pirámide o al museo!
Finalmente, Freud se ocupará in extenso de la conceptualización del yo. En el capítulo primero del Malestar en la cultura, se menciona al yo como una instancia psíquica que tiene su punto de partida en el exterior y se continúa sin límites precisos con el inconciente. El desarrollo viene a cuento de la íntima convicción confesada a Freud por su amigo Romain Rolland, acerca de un sentimiento “oceánico”. Freud nunca dejará de sostener que aquella percepción es ilusoria y está, como otras tantas, favorecida por una propensión constitutiva a la ilusión. Del concepto de yo desprende también una función de síntesis que se expresa en la unidad de sí mismo, en la sensación de un ser unificado, que tiene como contrapartida la adjudicación de esta propiedad a los objetos del mundo por proyección: el mundo se organiza en función de su imagen. En otro lugar Freud dirá que la realidad percibida es antes que nada realidad psíquica, apariencia. El mundo percibido es un mundo de apariencias. En su texto “El Fetichismo”, Freud sostendrá que el fetiche es un sucedáneo de una cosa perdida y hereda el interés de aquélla. Es emblema de un triunfo y preserva de un peligro, tornando un objeto agradable. En las luces de la Primavera Romántica, Freud ha puesto en evidencia el intento de restitución narcisista del artífice, del filósofo, del hombre de ciencia que ha requerido de un fetiche para tornar tolerable su naturaleza, finita, sujeta al devenir y a la corrupción de la carne. Su restitución fue un “academismo” más profundo, porque la estación Clásica ya había entrado en su “fase degenerativa”; la letra ya había iniciado la agonía del Espíritu. Esta restitución que quiso ser un antídoto resultó un veneno, una elección socrática, un suicidio, y ya la noche se cerró sobre él multiplicando sus errores y sus lamentos.
La etapa Romántica tiene la violencia de las reacciones ciclónicas, pero también su duración. Sólo mirando atrás, muy atrás, podemos identificar la estación en que reposa el Espíritu. &
iquest;Qué será de él en nuestros días? ¿Habremos dejado atrás la época Clásica? ¿Estaremos entrando en la larga noche de la letra? ¿O volverán a soplar los vientos de una estación Romántica?
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