¿Acaso no sería deseable que cada uno supiera por sí mismo qué medios de vida son los correctos? Si somos codiciosos, si
envidiamos, si perseguimos el poder a toda costa, nuestros medios de subsistencia serán de la misma naturaleza y, en consecuencia, darán lugar a un mundo de competencia despiadada, de actitudes y actividades crueles, con el permanente estigma de la asfixia y la opresión del dependiente y el desamparado. Todas estas modalidades de vida finalmente desencadenan las guerras y los conflictos interpersonales: la guerra a escala individual y vincular. Está es en esencia la idea que Jiddu Krishnamurti presentó
siempre.
El autor nació en el sur de la India en 1895. A los treinta y cuatro años de edad rompió con la imaginación mesiánica que se había creado en torno a su figura y con una acaudalada organización internacional que se había erigido en su entorno. Entonces proclamó que la verdad es una tierra sin caminos y sin fronteras, y que las organizaciones humanas, toda forma de organizar la verdad, termina con la falacia más completa.
Viajó por todo el mundo comunicando su experiencia de comprensión y rechazando siempre que se lo considerara un gurú. Su enseñanza insiste en que los cambios cruciales que le urge a la Humanidad encarar, sólo podrán tener lugar con la transformación radical de la conciencia del
individuo. Y que el individuo es el mundo.
Este es uno de los títulos dedicados a temas específicos que la Fundación Krishnamurti lanzó, posteriormente a su fallecimiento. Contiene una selección de pláticas y escritos en relación con el tópico del libro.
En pocas palabras, una vida sencilla e inteligente requiere de un recto medio de vida, de la no acumulación y de no malbaratar la energía avivando excesos o intentando materializar las ansias de poder.