Estas verdades humanas, en el decir de San Agustin, no son sino fragmentos de la
verdad, al no poder proyectarse fuera de las cosas. El
mundo de nuestras ideas no está separado de la realidad, palpable del mundo, de los entes infinitos. Hay en ello una relación profunda y constante del mundo perfecto y del mundo sensible, campo sujeto a restricción y siempre en trance de error. Por eso, la
finalidad de todo conocer humano, cuando se endereza hacia Dios es superior a toda finalidad que no sea el Dios mismo. La finalidad del
conocimiento es la conquista de la verdad total y eterna. Por eso en la cognición está latente la manifestación de la existencia inevitable de Dios. Esta presencia de Dios en el alma no es producto del conocimiento, porque la cultura es cosa que se adquiere y el conocimiento de Dios, se inicia siendo una emoción, una intuición pura que la fe confirma y eleva a dogma.
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