El octavo capítulo de
La presidencia imperial, de Enrique Krauze, está dedicado al periodo de
José López Portillo (1976-1982),
ese criollo al que compara con Antonio López de Santa Anna, quien contribuyó grandemente a la pérdida de más de la mitad del territorio mexicano en el siglo XIX. Ambos son ingeniosos e irreflexivos, entregados con ardor al presente sin cuidarse del futuro, pródigos en la abundancia y sufridos en la desgracia. Ambos apostadores, sin importar que fuera el propio país lo que se jugaban en el tablero de la historia.
José López Portillo fue un descendiente directo de los conquistadores, en cuyo linaje hubo desde un Oidor, pasando por un novelista, hasta su padre, que fue ingeniero geógrafo. Durante su juventud emprendió un viaje, junto con su amigo Luis Echeverría, por Chile y Argentina, y se mostró más bien indiferente a la política, a la que finalmente accede, sin ninguna experiencia, a los 40 años de edad. Trabaja bajo las órdenes de Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordáz, hasta que en 1975, lo “destapa” como candidato único a la presidencia su amigo Luis Echeverría.
Krauze señala que su discurso de inauguración fue uno de los mejores en la historia de México: fue una cucharada de sensatez después de 6 años de total demagogia. López Portillo, en mancuerna con don Jesús Reyes Heroles, parecían conducir a México por el mejor de los caminos posibles, en medio de un perfecto equilibrio entre el realismo y la imaginación. Krauze enfatiza el hecho de que al principio López Portillo no se creía del todo su papel como presidente y que incluso bromeaba por la desmesurada broma de su amigo Luis. Pero entonces se descubrieron los yacimientos de petróleo en el Golfo de México, y una nueva e inesperada faceta dominó el accionar de López Portillo: una especie de mesianismo (Krauze dice que ostentaba una obsesión por la mítica figura de Quetzalcoatl) que lo llevaría a administrar la abundancia como un iluminado; es decir, ahora sí quería el poder, y además lo compartió con su familia en uno de los casos más claros de nepotismo que haya habido en el México moderno, ya que incluso fue capaz de colocar, no a su esposa, que ya de por sí dilapidaba fotunas en el extranjero, sino a su hermosa amante como ministra de Turismo, y hubo quien pensó que era una suerte que no nombrara secretario de alguna dependencia a su propio caballo. En un imaginativo intento de modernizar el país en su sexenio, desbocó el gasto público de tal forma, que la administración de Echeverría parecía un ejemplo de austeridad.
Despilfarro, corrupción, improductividad, todo cimentado en una trampa de arena que nadie parecía ver: la volatilidad del precio del barril de petróleo. Cuando al fin bajó internacionalmente, gracias a un aumento en la producción de los países árabes, comenzó la pesadilla de López Portillo, que tenía atado el destino del país a sus espaldas. Como nunca había sido un “rajón”, comenzó a hacer apuestas absurdas: en vez de bajar el precio, lo subió dos dólares y amenazó a los clientes que si no compraban ahora, después no se les vendería; subsidió “como un perro” el cada vez más endeble peso mexicano, creyendo que el petróleo volvería a subir, hasta que la devaluación le cayó encima como una roca, y finalmente, culpando a esos “sacadólares” que él mismo había engendrado, nacionalizó la banca en un patético intento de lavar su imagen, creyendo desesperadamente que con eso se arreglaría todo.
Nunca escuchó las advertencias de quienes profetizaban los peligros de creerse una patria pomposa y multimillonaria, y la sensación al final de su mandato fue de una espantosa resaca que habría durar aún por varios años.