• Registro
  • ‎¿Qué es Shvoong?‎
  • Iniciar sesión
    Iniciar sesión
    Recordar mi nombre de usuario ¿Olvidó su contraseña?

Síntesis y críticas breves

.

.

A escondidas

por : juanrobert    

Autor : Jorge Camarasa
A escondidas
Jorge Camarasa
El estanciero.
La primera pareja –en rigor, la única legal- de Juan Manuel de
Rosas había sido Encarnación Ezcurra. Se habían casado el 16 de marzo de 1813 en Buenos Aires, y aunque él era un joven y acaudalado estanciero de 20 años, ella había llegado sin dote al matrimonio.
Lo cierto es que el primer hijo, Juan, llegaría al filo de los nueve meses prudenciales, y luego, en 1817, después de un aborto el año anterior, nacería Manuelita, quien sería la luz de los ojos de su padre.
El ascenso político del jefe de la familia Rosas iba a comenzar en 1820, y ya no se detendría hasta alcanzar la suma del poder público. En su biografía de Manuelita Rosas, Carlos Ibarguren escribió: "El hogar paterno de Manuelita fue una mezcla extraña de cariño sin ternura y de unión sin delicadeza". Y también: "Doña Encarnación era el otro yo de Juan Manuel, con quien no tenía, a pesar de su fervoroso compañerismo, esa intimidad ilimitada de las almas que se aman. Ella fue el cancerbero que vigila, lucha y se enfurece para arrancar y defender la presa necesaria a la acción de su marido. Tenía las cualidades que faltaban a su compañero: era ardorosa, entusiasta, franca, iba derecho al objetivo que perseguía, y sabía dar la cara en cualquier empresa que acometía, a diferencia de Rosas".
Así fue hasta 1835, cuando su salud comenzó a empeorar, y una parálisis progresiva acabó con ella en octubre de 1838.
Fin de luto.
En octubre de 1840, Juan Manuel de Rosas ya había abandonado el luto de viudo y Ángela, la primera de los hijos no reconocidos que tuvo con Eugenia Castro (13Años), había nacido pocos días antes.
De la relación entre ellos, más que testimonios o documentos, han quedado seis hijos: Ángela (El Soldadito), Justina, Joaquín, Adrián, Mercedes (Antuca) y Arminio (El Coronel). Una séptima hija de Eugenia, a la que llamaron Nicanora.
La relación entre Castro y la hija de su amante, quien no ignoraba los amoríos de su padre, parece haber sido cordial y hasta cómplice, al punto de dar letra a los enemigos de Rosas. José Mármol escribiría en 1850: "Él hace de su barragana la primera amiga y compañera de su hija; él la hace testigo de sus orgías escandalosas". Y Xavier Marmier dirá que Manuelita recibía a las amantes de su padre, algo que no se había atrevido a hacer ni Luis XV: "Noche a noche puede verse a Manuelita sentada con suave sonrisa ante las Cleopatras del voluptuoso Antonio, entre el capricho de la víspera y el capricho del día siguiente".
La cautiva.
¿Cómo era la vida cotidiana de esta familia? Todo parece indicar que los trapos sucios se lavaban en casa: Rosas no reconocía hacia afuera su relación, tenía a Eugenia literalmente escondida, y para que no quedaran dudas la había bautizado "la Cautiva".
Con todo, a veces le permitía algunas licencias: sentarse a la mesa durante las comidas privadas, y hasta algún paseo en carruaje, de tanto en tanto, con él y sus hijos.
Pero la vida en común que llevaban Rosas, Manuelita, Eugenia y sus hijos en la estancia San Benito habría de terminarse abruptamente el 3 de febrero de 1852. Ese día, Justo José de Urquiza se haría con el poder, y su derrotado enemigo elegiría el exilio a bordo de un buque inglés.
Los Castro no iban a embarcarse, pese a que habían sido invitados.                          Rosas no se olvidaría de Eugenia durante su exilio, y hasta la incluiría, con un pretexto, en el testamento redactado en Southampton en 1862: "A Eugenia Castro, en correspondencia al cuidado con que asistió a mi esposa Encarnación, a habérmela ésta encomendado poco antes de su muerte, y a la lealtad con que me sirvió asistiéndome en mis enfermedades, se le entregarán por mi albacea, cuando mis bienes me sean devueltos, ochocientos pesos fuertes metálicos".
En ese testamento, sobre los hijos que había tenido con la mujer, ni una sola palabra. En la misma voluntad dice expresamente: "Jamás he tenido o reconocido más hijos en persona alguna que los de Encarnación, mi esposa, y míos, Juan y Manuelita".
En otra carta menciona a Juanita Sosa, y la mención parecería probar que durante la relación que mantuvo con Eugenia Castro, Rosas no le fue necesariamente fiel.
Juana era una de las amigas de Manuelita, una abonada permanente a sus tertulias de salón, y algunos historiadores adjudican a Rosas haberse enamorado de ella. Apodada "la Edecanita" en ese ambiente donde todo era marcial, Juana era la preferida de los diplomáticos y marinos extranjeros que visitaban la estancia de Palermo, y sólo parece deberse al freno que le puso su hija que Rosas no haya cambiado de pareja en medio de su viudez: "Tatita –le dijo Manuela un día–, si querés casarte lo harás con María Eugenia, que es la madre de tus hijos, pero no lo intentarás con ninguna otra".
Finalmente sola, olvidada en los hechos por el hombre al que había consagrado su vida y su condición de mujer, María Eugenia Castro moriría en Cañuelas en 1875.
Juan Manuel de Rosas sólo la sobreviviría un año, atendido en su farm inglés por una criada llamada Mary Ann Mills. 
Publicado el: marzo 29, 2009
Puntúe esta sinopsis : 1 2 3 4 5

Bookmark & share this post

.