Con ocasión de la reunión del Foro de Cooperación Asia – Pacífico que ha tenido esta vez como sede el Perú, aparece esta
obra que constituye una carta de presentación de nuestro país ante el mundo, con su Gran Personaje, el
mar, profundamente ligado al destino del hombre peruano desde los tiempos aurorales.
Nueve mil años atrás, diferentes pueblos se establecieron al lado del mar y organizaron su vida en función de lo que este ofrecía. Los testimonios prueban que hubo una activa explotación de los recursos marítimos; que se desarrolló un arte y una industria de la pesca tan elaborados que no tienen parangón con otras culturas de América. La recolección de mariscos y crustáceos en gran escala, la pesca y conservación de peces, y la caza de lobos marinos estuvieron tan desarrollados que su producción, consumo y distribución alcanzó un progreso comparable a su portentoso desarrollo agrícola. Desde los albores de Chavín, las representaciones artísticas muestran la importancia del mar. La cultura Mochica representa la variedad de peces, las balsas y caballitos de totora. La cerámica Nasca abundan en diseños de peces, moluscos, aves marinas y el dios Kon, monstruosa deidad marina. Se encuentran motivos marinos en los mantos de Paracas, los murales de Chimú y Pachacámac, y en las culturas andinas como la Inca.
Durante el virreinato se perdió conexión con el Mar: el interés de la administración colonial estaba puesto en el oro y la plata; el mar era la ruta que llevaba a la lejana metrópoli, no era ya el mar nutricio, la Mamacocha. Sin embargo, por el mar vino la Expedición Libertadora de don José de San Martín. Y nació el Perú como República independiente.
Nuestro mar, el más rico del mundo, nos deparaba aún sorpresas. Un humilde pececillo había gestado desde tiempos inmemoriales un riquísimo tesoro en las islas de nuestro litoral. La anchoveta, comida y digerida por las aves marinas era el guano que los incas utilizaban para fertilizar sus tierras. Cuando el Perú se afianzaba como República debatiéndose en dificultades hacendarias, el descubrimiento de las propiedades del guano a mediados del siglo XIX, trajo una etapa de bonanza que Basadre denominó ‘prosperidad falaz’, pero que ayudó a la consolidación económica de la República y a colocar al Perú a la vanguardia del progreso y la prosperidad en Sudamérica, hasta la infausta contienda con el país vecino, que sumió al país en la bancarrota. Lentamente, con el nuevo siglo el país emergió y tuvo nuevamente presencia dentro de la comunidad de naciones. Una nueva prosperidad proveniente del Mar le esperaba al Perú. La Segunda Guerra Mundial abría una oportunidad a los países americanos para abastecer productos derivados de la pesca. Se iniciaba la industria de exportación pesquera: en 1940 se despachaba a E.U. más de 200 toneladas de hígado de bonito.
En la década de los años 60 el Perú dirigía su mirada hacia el Gran Personaje, el Mar, como fuente de riqueza per se; como lo expresara Luis Banchero Rossi, la marcha era hacia el Oeste, el futuro estaba en el mar, había que “ocupar” las 200 millas, proclamadas por Luis Bustamante y Rivero quince años antes. Surgía poderosamente la pesquería nacional, convertida de artesanal y local en industrial y en negocio internacional.Y se produjo el ‘boom’ pesquero del Perú, como la fiebre del oro en California: “las fábricas de harina surgían como los hongos bajo la lluvia”. Audaces empresarios privados crearon de la nada una floreciente industria. Miles de peruanos acudieron a la cita; encontraron empleo y aportaron al país tributos y divisas. Las sedentarias y sosegadas caletas se convirtieron de la noche a la mañana en populosos emporios, con barcos y fábricas, como el caso de Chimbote. La pesca le daba al Perú presencia y prestigio internacional como el mayor productor del mundo de harina de pescado y primer país pesquero. Luis Banchero Rossi era el líder indiscutible. En 1960, a los treinta años de edad era el primer productor pesquero del Perú y después el primer productor de harina de pescado del mundo. El gran peligro residía en la depredación del recurso y la intervención de un gobierno estatista. Cuando el 1º de enero de 1972 Banchero fue asesinado, como una aciaga señal, su desaparición marcó una vuelta de página para la pesca peruana: se confirmaron los pronósticos de estatización y, por otra parte, la anchoveta empezó a desaparecer. Los años 70 marcaron la gran caída. La sobreexplotación disminuyó el stock de anchoveta. En mayo de 1973 el gobierno estatizó las fábricas y embarcaciones privadas que, aunado a la disminución de la especie, llevó a la ruina la pesquería peruana. Para 1978 la especie seguía disminuyendo, y en 1983 el Fenómeno del Niño redujo a su mínima expresión la presencia de la anchoveta.
Aún el porvenir se encuentra en el Mar. La harina de pescado encuentra un nuevo destino en la acuicultura con el elemento proteico de crecimiento que lo hace insuperable como alimento; Sigue siendo el segundo producto de exportación que proporciona más divisas. Además, la acuicultura se ofrece como una alternativa para evitar el exceso de explotación de los recursos.