John William Cooke fue un incansable hombre de acción,cuyos escritos lo muestran como uno de los más sólidos pensadores argentinos. Su pensamiento explica el retroceso del peronismo, de movimiento revolucionario a partido electoralista, confirmando su profecía sobre los riesgos de dejar la conducción del Movimiento en manos de la burocracia partidaria, siempre sometida al poder económico o al que fuere. El 19 de septiembre de 1968, el peronismo y la causa de la justicia social argentina y latinoamericana perdieron uno de sus hombres más lúcidos y consecuentes.
Nacido en La Plata, el 14 de noviembre de 1919, era hijo de Juan Isaac Cooke, diputado, canciller y precursor,
con Jauretche y otros, de lo que hoy serían los “radicales K”.
Fue asesor de su padre y, ya recibido de abogado, enseñó Economía Política en la UBA. Producido el 17 de Octubre, fue elegido diputado por la Capital. Desarrolló entonces una importante actividad, mostrando solvencia técnica, claridad expositiva y profundas convicciones, en virtud de las cuales votó, en disidencia con su bloque, contra la ratificación del Tratado de Chapultepec, al que consideraba lesivo para la soberanía nacional.
En pago a la radicalidad de sus ideas y a su independencia de criterio, debió volver al llano en 1951. Ese año también moría Evita y el peronismo empezaba a perder iniciativa y capacidad para enfrentar una crisis económica y política que sólo podría haberse superado profundizando la revolución iniciada en 1945.
Cooke centró su actividad en la edición de
De Frente, revista en la que expresó posiciones nacionales, que lo llevaron a
oponerse a los contratos petroleros que el gobierno de Perón intentaba entonces negociar.
Después de los bombardeos de 16 de junio de 1955, Perón lo nombró interventor del Partido
Peronista de Capital, con la idea de movilizar al peronismo para afrontar la segunda y definitiva versión del golpe. Ya entonces se advertían las limitaciones de una organización electoralista para acometer una tarea semejante. Cuatro días después del golpe gorila, Cooke es detenido en casa de su amigo, el historiador José María Rosa.
Fue
paseado de una a otra prisión, incluido el tristemente célebre penal de Las Heras, donde en junio de 1956 fue asesinado el Gral. Valle. Para entonces y desde la cárcel había empezado a cartearse con Perón -exiliado en Caracas- y a coordinar las acciones de la Resistencia. Perón, lo puso al frente del denominado «Comando Táctico», y en noviembre de 1956 lo designó su representante y sucesor.
Alojado en Ushuaia, debió soportar temperaturas de hasta 40º bajo cero, sin calefacción ni agua. En 1957, habiendo sido trasladado al penal de Río Gallegos, protagoniza junto a Cámpora, Espejo, Kelly y Jorge Antonio, una fuga cinematográfica, que lo llevaría a Chile. Desde allí pudo encarar con más eficacia la coordinación de los distintos grupos clandestinos. A partir de nexos establecidos por Jauretche y Scalabrini Ortiz con Rogelio Frigerio, participó en la gestión del pacto Perón - Frondizi, en virtud del cual éste llegaría al gobierno con los votos peronistas.
Tras su regreso al país en 1958, y ante la traición frondicista la Resistencia prosiguió. Poco después volvió a ser detenido. A principios de 1959 fue parte activa de la huelga del Frigorífico Lisandro de La Torre y de la intensa agitación de aquellos años. Por entonces, las cartas que envía a Perón suben el tono de las críticas a la dirigencia “partidocrática” del Movimiento, a la que juzga incapaz de conducir el peronismo a otra cosa que no fuera la transa con el régimen de turno. No es igual de duro en esta etapa con la dirigencia sindical, por una razón muy simple: su visión movimientista del peronismo, que entendía que el carácter revolucionario del movimiento sólo podía ser garantizado por una conducción de los trabajadores o de una dirigencia fiel a sus intereses de clase. En muchas de sus cartas Cooke insiste en que el peronismo es un movimiento revolucionario, con un conductor también revolucionario (Perón), pero con una dirigencia política claudicante, que se siente cómoda en el juego de la partidocracia burguesa.
Perón finalmente designó en lugar de Cooke a un dirigente vinculado al gremialismo menos combativo. Los antecesores del actual
pejotismo, había logrado imponerse.
En 1959 llegó a Cuba, donde permaneció hasta octubre de 1963. Se cuenta que al llegar lo retuvieron por cuestiones de documentación. Pasado un buen rato, escuchó una voz que le decía: “¿Siempre haciendo quilombo, Cooke?” Era el Che. Entusiasmado con la Revolución, realizó tareas de apoyo, entabló amistad con Guevara e inició una larga tarea de acercamiento entre el peronismo y Cuba, profundizando su conocimiento teórico. A pesar de todo, siguió escribiéndole a Perón, invitándolo, incluso, a que dejara Madrid para radicarse en La Habana con todos los honores y más cerca de la acción. Pero Perón fue estirando su silencio, hasta que finalmente, cesó todo contacto.
A fines de 1963, Cooke volvió nuevamente a la Patria y organizó Acción Peronista Revolucionaria, un pequeño grupo militante, que siguió sosteniendo la idea de la insurrección popular, del protagonismo excluyente de las masas organizadas.
La insurrección popular por la que tanto había bregado estalló en Córdoba, 7 meses y 10 días después de su muerte. La historia suele ser irónica con los hombres, pero sigue el camino y los ritmos que marcan los pueblos. Siempre.
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