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Síntesis y críticas breves

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El Proceso Dreyfus conmueve al mundo.

por : Carson_Marsh    

Autor : Volumen Conmemorativo 75° Aniversario de La Razón (Diario Argentino).
Vistiendo el uniforme de capitán del ejército de Francia , con el cabello encanecido y un poco agobiado,
sin por ello perder su postura, se encamina hacia el cuadrángulo de la Escuela Militar un ex prisionero de la isla del Diablo: Alfred Dreyfus
. Su disciplina y sentido del deber le impiden expresar emociones por el recuerdo de tantos amigos que ya no están a su lado. Marcha sereno, en postura rígida, hacia su rehabilitación. Un solo instante es suficiente para que toda la triste historia que conmovió a Francia y el mundo retorne a su mente. Fue en 1894. Alfred Dreyfus, capitán de artillería, era un militar íntegro, que honraba a su país sirviéndolo en el Ministerio de Guerra. Una noche, una vez terminadas las tareas del día y mientras disfrutaba de su vida hogareña, una comisión llegó hasta su casa. Extrañado, preguntó de qué se trataba. No se lo dijeron, pero algo en el tono de quienes venían a arrestarlo lo puso en guardia. Algo muy grave debía haber ocurrido. Sin embargo, él tenía la conciencia tranquila y al despedirse de su esposa que lloraba, la consoló diciéndole que estaba seguro de que se trataba de un error que pronto se aclararía. Pronto supo de qué se lo acusaba y se sintió anonadado, como si un rayo hubiera caído a sus pies: Alta traición.
La documentación reunida por el fiscal tendía a demostrar que Dreyfus había entregado planos del freno hidroneumático del obús de 120 mm. a una potencia extranjera, además de revelar detalles de la movilización de tropas destinadas a cubrir las fronteras del Este. Una carta sin fecha y sin firma, prometiendo datos sobre el “Manual de Tiro de Campaña”, era la fuente de la acusación. Los peritos calígrafos afirmaron que la letra era de Dreyfus. La situación del procesado se agravó por la circunstancia de ser judío y de origen alemán.
El 22 de diciembre, el tribunal lo declaró culpable de alta traición y dictó una sentencia tremenda: Degradación pública y deportación a una posesión francesa en América. Días después, era enviado en un barco a la isla del Diablo. La familia y amigos de Dreyfus no lo abandonaron. Luego de varios años, su hermano Mateo reunió algunos elementos de prueba en su favor, consiguiendo que el senador Scheurer Kestner tomara su defensa. En un célebre debate trascendió que el teniente coronel Picquart había ocultado importantes documentos que demostraban que el verdadero culpable era el comandante de infantería Esterhazy. El reclamo de la opinión pública obligó al procesamiento de ese militar, pero el tribunal lo declaró inocente. Todo parecía perdido, cuando Emile Zola publicó su célebre “J´acusse”
(“Yo acuso”)
que repercutió hondamente en Francia. Una tentativa para procesar al escritor sólo sirvió para echar nuevas luces ante una opinión pública intensamente agitada. El coronel Henry era el falsificador de uno de los documentos que habían decidido la condena. Ante la evidencia que lo acorralaba, se suicidó. Fue necesario traer a Dreyfus a Francia, y el 1° de julio de 1899, un Consejo Militar reunido en Rennes, si bien lo encontraba culpable, halló circunstancias atenuantes y lo condenó a diez años de prisión. Este fallo no convenció a nadie. Una ola de indignación se extendió por toda Francia y el mundo. ¡Se había cometido la monstruosidad de condenar a un inocente! El prejuicio racial provocó aun manifestaciones antijudías, pero el peso de la verdad se impuso. Al fin, el 12 de julio de 1906, el Tribunal Supremo declaró que no había la más mínima sombra de culpabilidad que pudiera manchar el buen nombre y honor de Dreyfus. De esto hacía una semana. Hoy marcha el joven capitán de ayer, con el pelo encanecido, hacia el mismo sitio de su degradación. La tropa formada en cuadro asiste a la ceremonia de la imposición de las insignias que le fueran arrancadas, en 1894.
Luego le prenden en el pecho el distintivo de los caballeros de la Legión de Honor. Altos jefes besan sus mejillas y luego saludan al comandanteDreyfus. Pasa, luego, la columna de soldados en formación de honor a los acordes de “La Marsellesa”. Dreyfus no puede contener un mar de lágrimas que no logran empañar ese instante supremo en que, al rehabilitar a un hombre honrado, víctima de los prejuicios raciales, hace brillar la gloria de la democracia francesa.   (En: “La Razón 75 Aniversario. La Razón 1905-1980 Historia Viva”. 1° de marzo de 1980. Nota tomada de una crónica de época del año 1906, página 15).
Publicado el: julio 13, 2007
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