12 de febrero de 1945: El reparto del mundo
A Treinta Años de Yalta
A comienzos
de 1945, la Alemania nazi estaba a punto de caer. Los ejércitos soviéticos habían atravesado el Oder. Las tropas del general Eisenhower ya llegaban a las orillas del Rhin. Sólo faltaba, militarmente, el empuje final de los aliados.
En ese preciso momento, entre el 4 y el 11 de febrero, los "tres grandes" -Winston Churchill, Josef Stalin y Franklin Delano Roosevelt- resolvieron reunirse en Yalta, Crimea (URSS), a fin de coordinar, en primera instancia, el asalto final al hitlerismo.
Pero éste fue el tema menor. Dos años atrás, en Teherán, "los tres grandes" se habían reunido y la agenda estuvo ocupada casi exclusivamente por temas de índole militar. El desvelo principal de entonces era derrotar lo antes posible a la Alemania nacionalsocialista. Ahora la cuestión era repartirse los despojos que dejaba la contienda y delimitar las esferas de acción de cada uno de esos tres grandes aliados circunstanciales. Churchill, Stalin y Roosevelt no ignoraban que sólo la existencia de una Alemania agresiva y amenazante podría unir, por entonces, a tres potencias con intereses tan diversos y opuestos como Gran Bretaña y Estados Unidos frente a la URSS.
En Yalta se definió la estructura del mundo de los siguientes veinte años, dentro de lo que las previsiones y decisiones políticas pueden obrar sobre un futuro incierto. Allí quedaron echadas las bases de un nuevo enfrentamiento, de características distintas, que sobrevendría a la Segunda Guerra Mundial: La Guerra Fría.
En secreto, sin reseña oficial de lo discutido, las superpotencias resolvieron el destino de millones de seres humanos sobre un mapa, a pesar de la retórica angloestadounidense en favor de la autodeterminación. Reforzaron las bases de lo que sucedería a la ya obsoleta Sociedad de las Naciones: Las Naciones Unidas. Se repartieron los votos y crearon el Consejo de Seguridad, órgano que consagraba el reservorio del poder real. Se distribuyeron en tres partes (luego serían cuatro, con la inclusión de Francia) el territorio de la aplastada Alemania.
Allí prevaleció el criterio de la vigencia de las "áreas de acción" de cada potencia (defendido por Stalin contra el concepto idealista de la "responsabilidad conjunta") al que finalmente se plegaron Roosevelt y Churchill.
En Yalta nacieron los bloques, luego consagrados y reafirmados por los pactos militares como la OTAN y el Pacto de Varsovia, que debían servir de base para entablar la Guerra Fría que colocó al mundo al borde de un holocausto nuclear.
Inglaterra fue pronto eliminada del terreno de “los grandes”. Se dio paso al bipolarismo entre los Estados Unidos y la Unión Soviética.
Sería ingenuo pensar que todo comenzó en Yalta. Esta conferencia representó un mojón histórico de todo un proceso que culminó en la coexistencia pacífica. Ya en la cruzada antinazi, en los intereses contradictorios de las potencias capitalistas y la URSS, se estaban gestando los embriones de esa etapa aciaga que siguió a la derrota alemana.
Luego de Yalta, cada potencia interpretó como más le convino los acuerdos de reparto tácito y explícito, hasta definir los límites de las respectivas “áreas de influencia”. Se necesitarían al menos veinte años para que toda esa estructura se derrumbara y se volviera intolerable. El alejamiento paulatino de la República Popular China de la URSS y la defección de Cuba del “área de influencia” de los EEUU, con su nueva ubicación geopolítica (que estuvo a punto de provocar un enfrentamiento armado entre las superpotencias en 1962) y el desgaste inevitable
producido por la tensión de la Guerra Fría; fueron elementos que contribuyeron al entierro de esa etapa inaugurada en Yalta.
En 1963, el acuerdo o proscripción nuclear (o acuerdo de Moscú) marca el nacimiento de una nueva era tendiente a liquidar las bases sentadas en Crimen. Años después la multipolaridad (la existencia de varios centros de poder mundial), irá sustituyendo la bipolaridad de la década de 1950. Las fronteras ideológicas serán quebradas progresivamente para dejar lugar a un realismo basado en los intereses comunes de todos los países. Y comenzará el deshielo entre Washington y Moscú para buscar fórmulas dinámicas que soslayen el peligro de un enfrentamiento atómico.
Quizás el reparto de Yalta y la Guerra Fría significaron la dolorosa experiencia que tuvo que sufrir la humanidad para que se comprendiera el desatino que implicaba mantener los viejos moldes de la política de poder en un mundo cada vez más interconectado, en el que no puede desentenderse de las justas ambiciones de los pueblos postergados, ni obrarse omnipotentemente sobre ellos. Con la coexistencia pacífica, lejos de Yalta, es probable que haya comenzado para el mundo la edad de la razón. (Artículo aparecido en el diario "Clarín" de Buenos Aires, miércoles 12 de febrero de 1975, Internacionales, página 4).